Dichosos los pobres                                                                               

  “Dichosos los pobres”, dice Jesús, “porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Sólo Jesús fue y es el verdadero pobre, que compartió desde su nacimiento hasta el final el destino de los que no cuentan, de los que son humillados, rechazados, de los que viven y mueren “al margen”. Decía el Beato Carlos de Foucauld:

“Señor Jesús, no puedo concebir el amor sin una necesidad, una necesidad imperiosa de identificación, de semejanza y sobre todo, necesidad de compartir todas las penurias, dificultades, todas las durezas de la vida… Ser rico, vivir a gusto y cómodamente de mis bienes, cuando tú has sido pobre, has vivido con esfuerzo, de tu duro trabajo: yo no puedo, Dios mío. No puedo amar así. “El servidor no puede ser mayor que el maestro…”

Y ¿nosotros? ¿Cómo deseamos seguir a Jesús? Casi siempre, cuando hablamos de los pobres, se trata de otros. Nunca nos ponemos entre ellos. Y de costumbre, se trata de pobres que nosotros vamos a ayudar, a visitar, para aliviarles sus penas. Y para aliviar nuestra consciencia a veces, porque nos sentimos un poco “culpables” de tener más que ellos…

“Dichosos los pobres” dice el Señor. Lo dice porqué si vivimos las relaciones que Él ha venido a inaugurar aquí en la tierra, sabremos compartir con sencillez lo que tenemos con los demás y recibiremos con la misma sencillez de los demás lo que no tenemos: en el Reino de la fraternidad, todos reconocemos nuestra pobreza radical y podemos vivir felices porque sabemos que necesitamos de los otros y que ellos nos necesitan, y actuamos de consecuencia. Nadie es más que nadie… nadie es menos que nadie. Somos hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Padre lleno de misericordia, llamados a ser misericordiosos como Él.

“Dichosos los pobres”. Su vida es dura y muchas veces dolorosa pero saben reconocer las pequeñas alegrías que la vida ofrece en lo más sencillo: un café compartido, un saludo sincero, un encuentro inesperado. Saben apreciar la caricia de la brisa bajo el sol que calienta mucho, la sombra de un árbol frondoso, el refrigerio de un vaso de agua. Se alegran de tener un poco de salud y poder trabajar. Tienen una actitud de abandono y de confianza en Dios que ayuda mi fe y alimenta mi esperanza.

“Dichosos los pobres”. Una mujer se me acerca, en la calle. Me habla de su hijo, enfermo mental, de la casita en la que viven, de los vecinos que no ayudan… habla de todo eso con sencillez y no la siento angustiada. Ella acepta su vida tal cual es, no busca tener más – y Dios sabe que no tiene nada – sino que busca una escucha, una sonrisa que devuelve con mucha alegría.

“Dichosos los pobres”. Un viejito, que camina con mucha pena, compra periódicos para revenderlos. Todas las mañanas, fielmente, hace la cola y compra unos cuantos. Me encuentra en la calle con los periódicos que yo reparto a los suscritores; una sonrisa cómplice – somos del mismo gremio – y una recomendación: “Dáselo pronto a Teresa, ella te espera!” Teresa es otra viejita, vecina y amiga suya y mía, a la cuál doy cada día el diario.

“Dichosos los pobres”. Camino por una callejuela intrincada, entre lodo y piedras, buscando a la destinataria de una carta. La llamo, me contesta, sigo su voz. Por fin encuentro a la mujer, vive en una casita de tablas en la que el mismo lugar hace de cocina, salita y cuarto de dormir. Me libera un espacio para que me siente y me ofrece un vaso de refresco, con todo cariño. “El sol es fuerte”, dice, “hay que tomar mucho”. Pasamos un ratito juntas, conociéndonos y compartiendo, mujeres que se encuentran amistosamente más allá de toda diferencia.

“Dichosos los pobres”. Un hombre de unos 60 años, paralizado por una enfermedad desde hace tiempo. Casi no puede hablar, pero se hace entender. Me acoge con su mejor sonrisa y me felicita por el nuevo año, deseándome salud y bien. Su mirada y su actitud son de bendición. Me llega hasta lo hondo – son los deseos más apreciados por mí este año.

Y me acuerdo del final de una oración de Jean Vanier:

“Señor, bendícenos con la mano de tus pobres.

Señor, sonríenos en la mirada de tus pobres.

Señor, recíbenos un día en la alegre compañía de tus pobres.”

hta. Emanuela de Jesús