Dios de Vivos

 

Cuando perdemos de vista que la Ley de Dios es para dar vida, para defenderla y ayudarla a crecer hasta la plenitud, la convertimos en un chaleco de fuerza y convertimos a Dios en un carcelero. El proyecto de Dios para nosotros es que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Y esa abundancia es de tal calidad que la vida humana traspasa las fronteras de la muerte. Aunque no tengamos una idea cabal de lo que será la vida más allá de esta vida ni comprendamos a plenitud lo que significa la resurrección de Jesús —ya realizada— ni la nuestra —vivida ya en promesa y esperanza—, todo nuestro ser reclama la permanencia de la vida.

Junto a este reclamo, vivimos también el rechazo a la esperanza y la desconfianza en la resurrección. En el tiempo de Jesús, ese rechazo encontró eco en el grupo de los saduceos, una secta dentro del judaísmo que negaba la resurrección. Desde esa negación, se hace evidente la mala fe y la burla detrás de la “inocente” pregunta sobre el matrimonio después de la muerte de los siete hermanos que compartieron la misma viuda.

Jesús nunca se negó a responder preguntas sobre Dios o sobre la Ley. No le sacó el cuerpo ni siquiera a preguntas incómodas de tipo político. Las preguntas que nacen del deseo de saber nunca son dañinas, aunque sean delicadas y difíciles de responder.

Pero la situación
es muy diferente cuando las preguntas son en realidad ataques maliciosos. A lo largo de los evangelios, vemos a Jesús negarse a contestar esas preguntas. Recuerden el episodio de la mujer adúltera en el capítulo 8 de San Juan, la pregunta sobre el impuesto al César (Marcos 12, 13-17) y la pregunta sobre el prójimo (Lucas 10) como botones de muestra.

La pregunta de los saduceos, olvidando por un momento la mala fe, puede ser tratada a nivel legalista o puede ser llevada a un plano superior. Jesús se niega a
entrar en disquisiciones legales. Escoge la segunda posibilidad de respuesta.

La Ley que citan los saduceos buscaba defender la vida y asegurar la permanencia a través de la descendencia. Ese es el espíritu de la ley y fue dada para esta vida mortal.

Desaparecida la limitación de la muerte en la vida resucitada, la Ley pasa a un plano superior. Dios es ahora vida y plenitud sin fronteras, llevando la experiencia matrimonial a una nueva esfera y una más profunda imensión. Todos vivimos por Él, Dios de vivos, no de muertos.

 

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.