Pescadores de Hombre

Dos veces se repite esta palabra en el evangelio de hoy. Se refiere a la prontitud y diligencia de la respuesta de dos parejas de hermanos al llamado de Jesús. Primero Pedro y Andrés y después Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores. Eso significa que eran gente que no tenían mucho que dejar. Vivían al día, expuestos a las incertidumbres de tormentas y al capricho de peces que no siempre cooperan dejándose atrapar.

Las redes y las barcas, sus instrumentos de trabajo: ante la invitación de Jesús, estas herramientas de su profesión son dejadas "inmediatamente". Aunque de hecho la barca dejada aparezca más tarde todavía en posesión de los discípulos, la decisión de seguir a Jesús es radical y absoluta en el deseo y en la intención. Ese "inmediatamente" tendrá que irse traduciendo poco a poco en la vivencia cotidiana.

No podemos vivir ya, de una vez, inmediatamente, nuestra entrega a Jesús. El "sí" radical, pronunciado con el corazón, necesita ser vivido con las condiciones que nos impone ser criaturas históricas, situadas en el espacio y en el tiempo.

Sería más cómodo poder decir de una vez el "para siempre" que implica el "inmediatamente". Pero no nos es posible vivir en un instante la totalidad de nuestra entrega. El "inmediatamente" humano solamente se puede vivir en la "lentitud" del crecimiento y de los procesos históricos. Nos resulta frustrante tener que bregar con la gradualidad propia de nuestra condición humana. Nos gusta ver lo ya acabado y completo. Esta "novela por entregas" que es nuestra vida de seguimiento desafía nuestra paciencia.

El reto está en poder darle carácter de totalidad a lo que es necesariamente parcial e incompleto. La totalidad está en la decisión de un corazón que se ve apremiado, como el de Jesús, por la inmediatez y la cercanía del Reino de Dios,

Los discípulos, nacidos en la tierra cubierta de tinieblas por la desesperanza y la opresión, responden a la apremiante invitación de Jesús con la prontitud de quien ve hecho posible un futuro mejor: inmediatamente.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.