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Cuatro veces en este relato se menciona la docilidad de María y José a lo prescrito en la ley de Moisés. Mucho más tarde dirá Jesús de sí mismo que no había venido a abolir la Ley sino a darle su cumplimiento.

El misterio de la Presentación, aunque está narrado con extrema sencillez, es un relato dramático, cargado a la vez de ternura, de figuras proféticas como Simeón y
Ana, del aterrador anuncio de la espada de dolor que atravesará el corazón de la Madre.

El ritual de la Presentación consistía en un intercambio. El primogénito en una familia era “entregado” a Dios. Al presentar al niño para consagrarlo al Señor, sus padres ofrecían un donativo de animales. Si la familia era pobre, como en este caso, era una ofrenda humilde, dos tórtolas o dos pichones.

Aunque en el Antiguo Testamento, como en muchas de las religiones de la época (y de todos los tiempos), el sacrificio de animales como rito religioso se desvirtuó para convertirse en algo mágico, el espíritu original de la ley de los sacrificios era de amor fiel y de respuesta
a la Alianza de Dios con su pueblo.

Es ese espíritu el que anima a José y María en esta aparición en el templo para cumplir lo prescrito por la Ley. En el sentido más profundo posible, el niño Jesús,
presentado en el templo, será la realización más perfecta de consagración a Dios.

Dice el refrán popular que “de tal palo, tal astilla”. Es esa misma fidelidad a la Ley y a su espíritu, más que a su letra, la que caracteriza a José y María. El niño Jesús
va a crecer en esa atmósfera religiosa de libertad. El cumplimiento de la Ley puede nacer de fuentes muy diferentes.

Si se cumple la Ley por temor o con espíritu voluntarista, eso nos hace daño. Si se cumple a lo Jesús,María y José, la Ley nos da vida.


El mismo espíritu que anima la Ley es el que trae al anciano Simeón en el momento justo y preciso para reconocer, detrás de las humildes apariencias, al Mesías del Señor, a la luz que ilumina a todas las naciones y la gloria de Israel.

En este día la vida religiosa en la Iglesia celebra también su consagración. Vida Cristiana felicita a todos estos hombres y mujeres que enriquecen a la Iglesia con la
diversidad de sus carismas y la fecundidad de su común consagración.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.