luz para todos

En mi niñez leí una hermosa historia que tenía que ver con la sal. Un rey llamó a sus tres hijas para preguntarles cómo era el amor que le tenían. La primera dijo: “Te quiero como a un diamante precioso”. Al rey le agradó mucho esta respuesta, al igual que la segunda que le dijo, “Te quiero como al limpio azul de los cielos y los mares”.

La
respuesta de la tercera fue muy diferente: “Te quiero como a la sal en la comida”. El rey se disgustó mucho con su tercera hija. Le pareció una respuesta muy prosaica y poco cariñosa y así se lo hizo saber a la muchacha, que se retiró muy triste. Al contarle a su madre lo que había pasado, esta le dijo que no se preocupara. Dejó pasar unos días y le preparó al rey, su esposo, una esplendorosa cena sin un granito de sal. Cuando el rey la probó, la rechazó con disgusto. Pero recordó en ese momento la respuesta de su tercera hija y la llamó, profundamente conmovido y agradecido.

En el evangelio de hoy, Jesús pide a sus discípulos parecerse a estas dos realidades ordinarias y cotidianas. La primera es la sal. Aunque necesaria para mantener el equilibrio de nuestro organismo, la sal es menos necesaria que la luz. Podemos sobrevivir una comida desabrida, pero nos resultaría prácticamente imposible funcionar
sin la luz. Por eso dedica Jesús más tiempo a comentar nuestro parecido con la luz.

Estas dos realidades tienen en común que deben estar presentes en nuestra vida sin llamar la atención sobre ellas mismas. Si la sal es demasiado protagonista, significa que se nos fue la mano al echarla. Si la luz es demasiado brillante, nos estorba más que ayudarnos.

La presencia de la sal en su justa proporción realza el gusto de la comida. La presencia de la luz dirige nuestra mirada a todo lo que nos rodea. Aún más difícil que mantener la justa proporción de la sal lo es conservar el equilibrio entre no ocultar la luz y aseguramos que la mirada de los que alumbramos no vaya hacia la luz. Que la luz,nuestras buenas obras y nuestro paso por la vida, ayude a las personas a dar gloria al autor de la luz.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.