peroyo les digo

Ordinariamente, cuando usamos la palabra "pero" a continuación de una afirmación, queremos cambiar, negar o añadir algo a lo que se dijo. En el evangelio de hoy, Jesús repite varias veces la frase, "Han oído ustedes que se dijo a los antiguos..." y en seguida añade, "pero yo les digo...".

En el ambiente de controversia que casi siempre acompaña las enseñanzas de Jesús, este "pero" podría haber sido entendido como oposición de Jesús a lo que dijeron los antiguos. No es ese el caso. Jesús afirma que no ha venido a abolir la ley o los profetas sino a darles plenitud.

Cuando examinamos cada "pero", se hace evidente lo que quiere hacer Jesús con la ley.Cuando la ley se contenta con lo mínimo y con los comportamientos exteriores, Jesús aumenta la exigencia y la "interioridad" de la ley. No
basta con no matar. Hay que erradicar del corazón el rechazo, el insulto, el maltrato de palabra y de obra que convierte a mi hermano en enemigo y me descalifica de poder acceder al culto. No es suficiente evitar el adulterio
carnal de acostarse con una mujer casada, hay que quitar también la mirada y el deseo adúltero. No debemos abstenernos solamente del juramento que invoca a Dios con ligereza como testigo nuestro. Hemos de vivir con tal
respeto a la verdad que nuestra palabra esté siempre respaldada por la coherencia de la vida y sea ella suficiente garantía de nuestro compromiso.

Las afirmaciones de Jesús no miran solamente a la ley. Dirigen también nuestra mirada hacia el que nos desafía a esta nueva y más plena actitud ante la ley. El "yo les digo" de Jesús lo coloca no en oposición pero sí por encima de “los antiguos". Jesús es el nuevo Legislador, el nuevo Moisés, Viene a hacer realidad la promesa de una ley escrita en los corazones por el Espíritu de Dios.

La
justicia farisea dirigía su mirada a la letra de la ley. Nuestra justicia debe ir más lejos. La letra mata, el Espíritu da vida. El último criterio de fidelidad a la ley no será el
cumplimiento minimista de su letra, sino la capacidad que tengamos de obedecer el espíritu de la ley, entregada a nosotros para asegurar la calidad de la vida de todos.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.