orar por el que te persigue

 

Deben ser pocas las peticiones que nos hace Jesús que suenen más imposibles que esta petición del evangelio de hoy. La primera reacción es tirar la toalla y declaramos incapaces de llegar a donde quiere Jesús que lleguemos.

La invitación a la perfección del Padre celestial cae encima de otra que aparece antes en este mismo texto: la de amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen. Esta también sentimos que nos queda grande. De no llegar a cumplir esto, no seremos mejores que los paganos y los recaudadores de impuestos, los malos oficiales de la película religiosa.

Para completar la trilogía, en orden inverso, el texto de hoy comienza por negar la validez del "ojo por ojo y diente por diente", la famosa ley del Talión. Desde pequeños, tanto en la casa como en el entorno de la escuela y del vecindario, aprendimos a no quedamos "daos". Mi papá, fiel exponente de la cultura popular de la supervivencia, me decía: "Si alguien te da una trompada, dale dos: una para el empate y otra para dejarla en depósito".

Obrar de esta manera nos parece que es lo normal. Cuando se nos recuerda que ese comportamiento no es evangélico, protestamos diciendo que hacer otra cosa es "sobrehumano". Es humano buscar la revancha.

La respuesta de Jesús es que los seres humanos somos de la familia de Dios Padre. Según Jesús, ser humano es obrar conforme a nuestra condición de hijos e hijas del Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos e injustos. El "ojo por ojo" y el odio a los enemigos es lo que no llega a ser humano. La medida de lo humano es Jesús, no lo "que todo el mundo hace". Usar nuestra condición deteriorada como regla y norma de lo humano es contentarnos con menos de lo que podemos ser.

Si la regla de la revancha fuera eficaz para detener las agresiones a nuestra persona, todavía podríamos defenderla como estrategia de autoprotección. Pero la experiencia enseña lo imparable que es la espiral de la violencia. Nunca nos contentamos con el "empate", en el lenguaje de mi papá.

Si nos acogemos a la formulación de San Lucas sobre esta misma invitación de Jesús, probablemente la sintamos más alcanzable. Dice Lucas, "sean misericordiosos como su Padre lo es con ustedes”. En cualquiera de las versiones, necesitamos pedir con humildad llegar a ser dignos hijos e hijas de nuestro Padre.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.