ahora puedo ver

El evangelio del proximo Domingo, la dramática historia del ciego de nacimiento, juega con dos sentidos diferentes de la ceguera y del ver. La primera ceguera es física. El hombre nació ciego y no tiene acceso al mundo del color, de la hermosura de la creación, de la experiencia de verse retratado en los rostros de los que le rodean. La segunda ceguera es la incapacidad de ver la realidad en sus dimensiones más profundas, el no poder percibir el paso y la acción de Dios en nuestra historia.

La primera ceguera no es culpable. No es el resultado de un castigo divino. La pregunta de los discípulos refleja la creencia de que Dios le “pasa factura” a las personas por sus pecados o por los pecados de sus padres. La segunda ceguera es diferente. Tiene su origen en condicionamientos donde sí interviene nuestra voluntad.

Estos condicionamientos tienen causas diferentes. Una causa frecuente es el bloqueo a la realidad que proviene de nuestros intereses y tomas de posición ante la vida. Vemos lo que nos conviene ver. Los apegos y desapegos de nuestro corazón dirigen nuestra mirada en la dirección que nos conviene. Los enemigos de Jesús han tomado postura frente a él. Frente a sus ojos tienen la evidencia irresistible de la curación del ciego. Jesús lo ha curado. Intentan todo tipo de maniobras mentales para negarse a ver lo evidente. No es lo mismo. Solamente se le parece. Preguntan a sus padres. ¿Cómo es que ahora ve? ¿Qué han hecho, a quién ha acudido para que este hombre recobre la vista?

La respuesta de ciego de nacimiento tiene toda la simplicidad y la fuerza de la realidad que se le impone. Yo no sé si este hombre es bueno o malo, si es un hombre de Dios o un blasfemo como ustedes dicen. Yo sólo sé que yo era ciego y ahora veo.

No hay distintas realidades. La vida y la realidad son las mismas para todos. En esta única realidad Dios y nosotros nos movemos en un diálogo continuo. Cuando somos capaces de superar los prejuicios que se apoyan en nuestras ideologías (de cualquier tipo que sean) podemos ver la realidad sin manipularla ni tratar de someterla a lo que nos conviene. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.