Jesus y amigo Lazaror

Lázaro, amigo de Jesús, muere. Jesús lo resucita. Entre estos dos momentos, dos veces nos abre San Juan una ventana para asomarnos al mundo interior de Jesús. Ante el llanto de María, Jesús solloza. Al llegar al sepulcro se echó a llorar.

El mismo Jesús que invita a Marta y a María a poner la fe en Él como la Resurrección y la Vida, se da permiso para mostrar su dolor y su pena. La misma voz
potente que llama a Lázaro del ya corrupto sueño de la muerte se quiebra por la emoción al preguntar dónde lo han enterrado.
No podemos omitir ninguno de los elementos de esta peregrinación hacía la fe.

También a nosotros se nos dirige la pregunta que Jesús le hace a Marta. ¿Crees que soy la Resurrección y la Vida, crees que el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre?Pregunta que se hace particularmente retante cuando también nosotros nos enfrentamos al dolor por la pérdida de seres queridos. Cuando
surge en nosotros la misma queja de las hermanas y de los amigos de Lázaro: Si Dios nos quiere tanto, ¿cómo no ha escuchado nuestras oraciones por la  recuperación y salud de los que se nos mueren? La fe en Jesús ofrece algunas cosas y nos niega otras. Ofrece la posibilidad de mirar cara a cara a la muerte. Sin quitarle nada de su sufrimiento, nos permite acceder a la experiencia de una vida tan enriquecida por la fe en Jesús que no puede ser destruida por la muerte.


Pero cuando queremos pedirle a la fe que nos exonere del sufrimiento, del dolor y de la pena, no encontramos otra respuesta que el rostro de Jesús surcado por las lágrimas. Que se nos grabe en el corazón la imagen de ese rostro y el sonido de los sollozos de Jesús. Que vengan en ayuda nuestra cuando los guardianes de la ortodoxia nos quieran reprimir el llanto en nombre de la fe. La fe y las lágrimas corren por conductos separados. Se nos puede pedir que el dolor no amargue nuestro corazón. Se nos puede pedir que miremos a la vida y a la muerte con más profundidad. Pero, en nombre de Jesús que llora, que no se nos pida reprimir nuestros
sentimientos.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.