Juan 2019 31

 

La fe cristiana no es individualista. Es una respuesta personal (y por eso, individual) que se da en un contexto comunitario. Nunca es solamente mi fe (es la fe de la Iglesia) pero también es un acto mío, marcado por mi originalidad, por mi historia, por mis experiencias. Por ser un acto de una persona libre, hay que quitarle a la fe cristiana cualquier semejanza con repeticiones colectivas de proclamas y consignas. No es la respuesta de una masa enardecida ni de un grupo fanatizado, tan vulnerables a la manipulación, a la sugestión o a la coacción totalitaria.

El carácter personal de la fe nos posibilita un acercamiento más comprensivo a la “incredulidad” de Tomás. Tomás no estaba con el grupo de los discípulos cuando Jesús se les aparece después de su resurrección. Al regresar al Cenáculo, es bombardeado por las expresiones de júbilo de sus compañeros. A Tomás no le resulta fácil entrar en un gozo sustentado por una experiencia que él no ha tenido todavía. Se resiste. Pone condiciones. Prácticamente le exige a Dios que le “demuestre” con señales contundentes la verdad de la resurrección de Jesús.

Para nosotros, espectadores de butaca imparcial, leyendo desde “fuera” la historia, poseedores del conocimiento de cómo “termina la película”, es fácil criticar a Tomás. Sobre todo cuando la “oficialidad” de la Iglesia, representada por el evangelista Juan, felicita a los que creyeron sin haber visto.

Por puro regalo de Dios me he encontrado en mi vida con amigos y amigas no creyentes. Sus experiencias de vida no les hicieron fácil la apertura y la disposición interna hacia la fe. Muchas de estas personas queridas no se sienten particularmente cómodas con la etiqueta de “ateas”. Un amigo entrañable me expresaba, casi con envidia, su deseo de creer lo mismo que yo creo.

En su andar por la vida, estas personas han mantenido una actitud bastante parecida a la de Tomás. Quieren poner las manos en las huellas de lanza y de clavos. Anhelan el encuentro con Aquel que fue asesinado y ha sido resucitado por el Padre. No quieren contentarse con las experiencias nuestras, aunque sean compartidas con lucidez, transparencia y respeto fraterno. Quieren hacer la experiencia. No nos piden a los creyentes más discursos. Nos suplican que los acompañemos en su búsqueda a tientas, en su duda honesta, que no les hagamos el acto de fe más difícil con nuestros comportamientos incoherentes. Tomás, querido hermano “incrédulo”, te agradecemos tu testarudez dócil y tu permanencia en la comunidad cuando todavía no eras creyente.

 

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.