Juan 141 12

 Al responder a la pregunta de Tomás sobre cómo seguirlo si no sabemos a dónde Él va, Jesús nos deja una definición no teórica sino hondamente personalizada de lo que es el cristianismo.

La propuesta cristiana va dirigida a toda la persona en sus múltiples dimensiones, entendimiento, afectos, espíritu y cuerpo, individualidad y relaciones comunitarias. Cuando olvidamos o desatendemos alguna de estas dimensiones, en el mejor de los casos empobrecemos la experiencia cristiana y en el peor de los casos la dulteramos sin remedio.

Cuando a la exigencia evangélica le quitamos su carácter de buena noticia y nos fijamos solamente en la parte del reclamo moral, fácilmente pasamos de la moral al moralismo. Los altos ideales proclamados por Jesús se convierten, sin Jesús, en carga aplastante.

Cuando el rito, el sacramento, la práctica religiosa externa se divorcia del espíritu interno del que debían ser expresión, cruzamos la tenue línea que nos separa del fariseísmo preocupado por la perfección del detalle legal.

La inagotable riqueza de la persona de Jesús se va expresando en los diferentes carismas de personas y grupos en la Iglesia. Congregaciones religiosas, movimientos apostólicos, asociaciones piadosas: todas estas instancias son caminos por donde el pueblo de Dios va buscando hacer presente el misterio de Jesús en diferentes ámbitos. Cuando cualquiera de estos espacios confunda el artículo indeterminado “un” por el artículo determinado “el”, estamos a un paso del sectarismo, del endiosamiento de lo particular. Jesús es el camino. Todos los demás espacios son unos caminos.

Sería triste proponer un cristianismo sin Jesús. La religión cristiana necesita dogmas y doctrinas, pero no se agota en ellas. La religión cristiana ofrece un rico abanico de prácticas de piedad, desde la sobriedad de un canto gregoriano hasta las expresiones carismáticas más exaltadas, pero no se reduce a ellas. El cristianismo ofrece pautas éticas de gran sabiduría pero no es un código de leyes y normas. El cristianismo nació de la propuesta hecha por Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, y de la respuesta personal y comunitaria de muchas personas que reconocieron en Jesús el camino que lleva a Dios, la verdad que ilumina el sentido de nuestra existencia y la vida a plenitud que nos hace verdaderamente felices.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.