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Estamos más familiarizados con otros títulos que el Nuevo Testamento le da al Espíritu Santo: el Consolador, el Espíritu de la verdad, el Espíritu de Jesús. En este evangelio, se le llama el Defensor. “Otro” defensor, dice San Juan, añadiendo en seguida que este defensor es “el espíritu de la Verdad”.

Si el Espíritu Santo es el “otro” defensor, queda bastante claro que el primer defensor es Jesús. Como buen pastor, Jesús ha defendido a sus seguidores para que nadie pueda arrebatarlos de la mano del Padre. Les ha prometido que estaría siempre con ellos, pero ya no va a estar de la misma manera. Su presencia será distinta. Para poder hacer sentir su nueva presencia, Jesús envía al “otro” defensor, al Espíritu de la verdad, que estará siempre con los discípulos para actualizar constantemente la presencia de Jesús.

Tenemos que preguntarnos de qué y cómo nos defiende el Espíritu Santo. Una primera pista la tenemos en la aclaración de que el Defensor es el Espíritu de la verdad. Ya nos había dicho Jesús que la verdad nos hará libres. La verdad nos defiende del error, del engaño y de las trampas que se tienden alrededor y dentro de nosotros. El error es un peligro tanto más dañino por su carácter clandestino y seductor. El Espíritu de la verdad nos devuelve a la verdad sobre nosotros mismos. No quita ni pone nada. Desenmascara nuestros engaños.

El Espíritu nos defiende en un sentido todavía más profundo. Al ponernos en contacto con nuestra realidad completa, al enfrentarnos con la cruda realidad de nuestro pecado y nuestra complicidad con el mal de este mundo, la respuesta nuestra podría ser el desaliento, la culpabilidad, el autocastigo. La verdad que nos revela el Defensor va acompañada de la revelación del incomprensible amor misericordioso del Padre de Jesús. Nuestra conciencia, iluminada por la verdad del Espíritu, nos remuerde. Eso no es malo. El peligro está cuando queremos arrogarnos el derecho, que no nos corresponde, de ser fiscales, jueces, tribunal y hasta pelotón de fusilamiento. Es ahí que el Defensor viene en nuestra ayuda para situarnos en esa verdad más completa que es la misericordia.

El Defensor también “defiende” a Jesús de nuestros intentos de manipularlo y domesticarlo a nuestra conveniencia. Es permanente testigo de la verdad de Jesús y de la estrecha comunión con Jesús y con su Padre.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.