ascencion de Jesús

  

El misterio de la Ascensión del Señor es una especie de frontera entre dos maneras distintas de presencia de Jesús a su Iglesia. La presencia de Jesús durante su vida terrena, incluyendo su pasión y su muerte está más cerca de nuestra comprensión. Es verdad que la unión de lo divino y lo humano en Jesús le da a la experiencia que podemos tener de Él un “más” que nos lleva a adorar en silencio respetuoso lo que nuestro entendimiento no puede abarcar plenamente.

Pero la presencia de Jesús después de su resurrección nos introduce en un mundo que no está sometido a las leyes ordinarias del tiempo y del espacio. Esto nos obliga a echar mano al lenguaje del símbolo. Cuando hablamos de la Ascensión de Jesús estamos de lleno en ese lenguaje.

El Nuevo Testamento trata de expresar de distintas maneras qué es lo que ha pasado con Jesús y lo que le ha pasado a su comunidad frente a esta nueva manera de presencia del Resucitado. Usa expresiones como “subir al cielo”, “se fue elevando”, “lo cubrió una nube”, etc. Después de la Ascensión no habrá más apariciones de Jesús. El encuentro de sus seguidores con Jesús se dará ahora en el espacio de la comunidad y sus sacramentos, de la solidaridad y del compromiso con la causa de Jesús.

Los ángeles vestidos de blanco —curiosamente el libro de los Hechos habla de dos “hombres”— invitan a los discípulos a no quedarse mirando al cielo. Hay que dirigir la mirada ahora a esta tierra. Jesús “se ha ido” pero también se ha quedado para siempre con nosotros.

El misterio de la Ascensión no nos habla principalmente de lo que ha pasado con Jesús. Nos habla de lo que tiene que pasar con nosotros. Jesús sigue siendo el Señor. El Reino sigue siendo su proyecto y el sueño del Padre. Nada se hará sin la fuerza y la gracia de Dios. Pero tampoco se hará nada sin que pase por nuestras manos. Por eso el misterio de la Ascensión necesita el misterio de Pentecostés como su complemento. Tensión permanente entre gracia de Dios y cooperación nuestra. La Ascensión nos invita a hacernos “evangélicamente mayores de edad”.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.