Pentecostés

 

El ciclo litúrgico de la Iglesia busca acompañar nuestro camino de fe a lo largo del año. Nuestra vida también va repitiendo los misterios que celebramos en la Eucaristía. Hay tiempos de espera y de apertura a lo nuevo que Dios va haciendo, como en el Adviento.

Jesús nace de muchas maneras distintas en nuestra vida personal y en la de la comunidad, como en Navidad. Igual que pasa en la liturgia, la mayor parte de nuestra vida es “tiempo ordinario”, la experiencia del encuentro con Dios en lo cotidiano, en la aparente insignificancia de nuestras rutinas. Pasamos por tiempos de purificación, de sentir la permanente llamada a la conversión como en Cuaresma. Nos toca acompañar a Jesús en la pasión, la nuestra y la de tantos hermanos crucificados en la historia. Vivimos en anticipación y en la realización parcial y gozosa de todo lo que Dios va resucitando en nuestra historia.

La fiesta de hoy, la venida del Espíritu Santo, cierra el tiempo pascual y nos devuelve al espacio del compromiso y del testimonio. Con el regalo de su Espíritu, nos entrega Jesús una completa “caja de herramientas” para ayudarnos en esa misión que ahora se nos confía.

Al aparecerse en medio de su comunidad, encerrada por el temor, más fuerte que las puertas y cerrojos, Jesús nos desea y nos da la paz. Una paz diferente a la que da el mundo. No es ausencia de conflicto como lo atestiguan las señales que lleva Jesús en su cuerpo resucitado.

Acompañando el regalo de la paz, viene el encargo misionero. La misma misión recibida por Jesús de su Padre descansa ahora en nuestras manos. Pero no somos enviados solos, sin Jesús. Con el soplo de su aliento, que es ahora aliento de vida indestructible, recibimos el regalo del Espíritu, del Consolador, la posibilidad de hacer presente a Jesús en cada rincón de nuestra vida y de nuestro caminar.

Por último, se nos confía el ministerio de la reconciliación. Toda la vida de Jesús estuvo orientada por el horizonte del gran proyecto de Dios de recapitular todas las cosas en su Enviado. En la persona de Jesús cruzó Dios el abismo creado por nuestro pecado. Abismo que no solamente nos separaba del amor gratuito del Padre, sino que nos separaba también unos de otros. Reconciliación con Dios, reconciliación con los hermanos. Proyecto hecho ahora posible por la fuerza del Espíritu que rehace la comunión y la solidaridad humanas, rotas en la confusión de las lenguas.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.