fiesta del cuerpo de cristo

 

En la primera carta a los Corintios (1 Cor 11,29), San Pablo nos invita a reconocer, a discernir, el cuerpo del Señor antes de acercarnos a la comunión. En el versículo anterior, se nos pide examinarnos antes de comer el pan y beber la copa. Esta advertencia de Pablo fue leída fuera de contexto y en clave muy restringida a la responsabilidad personal. Le preocupación de Pablo no es primordialmente por el estado moral de la persona que quiere comulgar. La situación que quiere enfrentar el texto es el irrespeto a lo que significa la comunión como comida fraterna compartida.

En la fiesta de hoy, al invitarnos la Iglesia a honrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se hace obligatorio el “reconocer” lo que recibimos en la comunión. En el evangelio de San Juan, dice Jesús que Él es el pan bajado del cielo para ser alimento de vida. El pan que da la vida es el cuerpo de Jesús entregado por amor. Discernir el cuerpo de Jesús es darnos cuenta de que es pan que se parte y reparte. Es el pan nuestro.

Cuando el sacerdote o el ministro de la Eucaristía nos dice en el momento de comulgar, “El Cuerpo de Cristo”, decir “Amén” es decir que asumimos el compromiso que conlleva el recibir al mismo Señor que se entregó radicalmente a nosotros. Ese compromiso incluye la decisión de seguirlo en todo su proyecto, de querer hacer verdad que el pan sea de todos, que nadie quede excluido de la mesa de la creación. Por eso no basta que nuestro examen de conciencia se limite a preguntar sobre mi comportamiento individual. Esto es necesario, pero no es suficiente. Nuestro examen tiene que incluir la pregunta por la comunidad y por la calidad de vida compartida que tenemos entre nosotros. En la medida que existan en la comunidad cristiana divisiones, rencores, prepotencias y protagonismos absorbentes y excluyentes, nuestras eucaristías corren el peligro de no ser la “Cena del Señor”.

La fraternidad que no pide la comunión es el cuerpo solidario de Jesús es un ideal al que queremos acercarnos pero que nunca alcanzamos plenamente. Por eso comenzamos cada Eucaristía con un acto penitencial, pidiendo perdón, no solamente por nuestros pecados individuales, sino por la distancia entre nuestras comunidades y el sueño de Jesús.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.