No pueden matar el alma

 

Jesús es consciente de que al enviar a sus discípulos a la misión de anunciar la cercanía de un nuevo orden de cosas los pone en peligro frente a los que disfrutan el "desorden" establecido. Ningún poder político sostenido por la fuerza toma con calma la crítica y el cuestionamiento. No se conoce mejor remedio para acallar un mensaje que callar permanentemente al mensajero.

Confrontados con esa propuesta "insensata" de Jesús, no hay respuesta más lógica y normal que el miedo. Ponerse a jugar pelota al duro y sin guante es una actividad de mucho riesgo. La petición de Jesús de que no tengan miedo parece, a esa luz, ingenua (en el mejor de los casos).

Pero Jesús fundamenta su invitación. "Fundamentar" no es lo mismo que "tranquilizar" ni "explicar". El consejo de Jesús tiene dos partes: la primera es que no hay que temer a los que solamente (¡solamente!) pueden matar el cuerpo pero no pueden matar el alma. La segunda parte es que Dios, que cuida con solicitud hasta de los insignificantes gorriones, tiene contados los cabellos de nuestra cabeza. Y valemos mucho más que los gorriones.

Nos fijamos primero en la segunda parte del apoyo de Jesús a la invitación de no tener miedo. La confianza de los discípulos debe ponerse en la solicitud amorosa del Padre que vela por sus hijos con más cuidado que el que dedica a los pajaritos del cielo. Ni uno solo de ellos cae a tierra sin que lo disponga el Padre. Hasta ahí suena muy bien el mensaje. El problema comienza cuando nos damos cuenta de que son muchos los tirapiedras tumbando gorriones.

Necesitamos pasar a la primera parte de lo que dice Jesús. No tengan miedo a los que no pueden matar el alma. El alma solamente la podemos matar nosotros. El miedo a las piedras es legítimo. Jesús no pide que no sintamos ese miedo. Pide que no nos paralice el miedo, Pide que no le tiremos nosotros al alma las piedras de la sumisión, del desaliento. Nuestra alma solamente puede ser dañada desde dentro. Cualquiera puede destruir mi cuerpo, solo yo puedo matar mi alma.

Tenemos, sí, el consuelo de saber que Jesús se pondrá siempre de nuestro lado cuando tenemos el valor de ponernos, con miedo y todo, al lado de Él.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.