parabola del sembrador 

La primera y la tercera lectura de este domingo centran nuestra atención en la Palabra de Dios. Tienen en común la afirmación de la iniciativa de Dios al dirigirnos la palabra, su Palabra.

Cada una se fija en un aspecto distinto de esa comunicación. La profecía de Isaías resalta el poder y la eficacia de las palabras que Dios nos dirige: no vuelven a Dios vacías, sino cargadas de la vida y el fruto que han hecho brotar en la tierra. El evangelio de Mateo, sin negar ese acento de Isaías, nos invita a atender a la dimensión de la acogida de la palabra. La semilla, palabra de Dios, lleva siempre la misma eficacia. Nunca le faltará a esa palabra la fuerza y la vida que Dios pone en ella.

La diferencia de los resultados depende de las condiciones de los terrenos donde cae la semilla. La Palabra se dirige a todas las personas: como la lluvia que moja por igual al bueno y al malo, al blanco y al negro, al creyente y al no creyente. Nadie queda excluido del diálogo que Dios inicia.

Pero nadie queda obligado a continuar el diálogo. Puedo atender, puedo ignorar, puedo cerrar las puedas del corazón. Las respuestas son tan variadas como los diferentes terrenos a los que Jesús se refiere en su parábola.

Todas las imágenes y comparaciones que usamos tienen el beneficio de lo gráfico y la limitación de ese lenguaje. Al hablar de cuatro diferentes tipos de terreno, de cuatro actitudes distintas de parte nuestra ante la Palabra, es fácil caer en la tentación de clasificar personas según esas diferencias.

Hay un grupo de personas tan impenetrables a la Palabra como el camino pedregoso donde la semilla no puede hacer otra cosa que esperar a ser alimento de los pájaros. Hay otro grupo, distinto, de personas superficiales, de embullos pasajeros: los que no tienen suficiente profundidad de tierra para permitir a la semilla echar raíces y crecer. Otro grupo, también diferente a los otros, de gente asfixiada por las preocupaciones de la vida, incapaces de dar espacio prioritario a la semilla por encima de las zarzas. Por último, el grupo de los buenos, tierra buena, libre de piedras y espinas, abonada y trabajada.

Más que agrupar a las personas en estas diferentes categorías, la parábola busca confrontarnos con cuatro actitudes que se alternan dentro de cada uno de nosotros. Todos tenemos nuestros momentos de camino impenetrable, de tierra insuficiente, de espinas sofocantes y de terreno fértil y fecundo. Nos miramos en el espejo de la parábola para hacernos conscientes de cuál o cuáles son las actitudes que dominan en nuestra vida. Nunca nos faltará la semilla que el sembrador esparce con tanta generosidad. Que no falte nuestra capacidad de acogerla y ayudarla a crecer.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.