quien soy yo

 

¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién dicen ustedes que soy yo? La primera pregunta es como una encuesta: trata de recoger la opinión o las opiniones que corren
por ahí sobre la persona de Jesús. No hace falta comprometerse con nada para responder. Solamente necesitamos estar atentos al medio en el que nos movemos para detectar lo que se piensa, lo que se dice.

La segunda pregunta es un desafío, una llamada a definirnos, a tomar posición frente a Jesús. Contestarla significa no solamente comunicar una opinión sobre Jesús. Es decir también algo sobre quién soy yo, a qué persona se dirige este Jesús. La pregunta de Jesús incluye ese otro interrogante: ¿Quién dices tú que eres? Al decirme quién soy yo para ti, me estarás diciendo algo de quién eres tú para mí.

La respuesta a ambas preguntas, ¿Quién dice la gente que soy? y ¿Quién dices tú que soy yo?, puede situarse en niveles muy diferentes de profundidad y de
significado personal. Al tratar de decir quién es Jesús para mí, puedo quedarme a un nivel muy cerebral, muy académico. Puedo dar una respuesta correcta,
perfectamente aceptable desde el punto de vista de la sana doctrina. Pero esa respuesta puede quedarse a la misma distancia antiséptica de una pregunta sobre la
ubicación del Cabo de San Antonio o la fecha del nacimiento de Mahatma Gandhi.

Pedro responde a la pregunta que hace Jesús al grupo. Su respuesta, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, es reconocida por Jesús como saliendo de un lugar más hondo y más personal en Pedro que el simple conocimiento intelectual. Jesús reconoce la acción del Espíritu Santo que hace ver a
Pedro más allá de lo que aparece a primera vista.

Dirigiéndose hacia ese espacio más íntimo de Pedro, el lugar de la revelación que no viene de la carne y de la sangre, Jesús va a decirle a Pedro quién es él para Jesús y para su proyecto. “Tú eres Pedro, la Piedra sobre la que edificaré mi Iglesia. Te daré las llaves del Reino para que lo que ates en la tierra quede atado en el cielo y lo que desates en la tierra quede desatado en el cielo”.

En el intercambio de “decirnos” mutuamente, tanto Jesús como nosotros avanzamos a un nivel de comunión muy fuerte. Nuestra identidad más honda va unida a la identidad que reconocemos en Jesús.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.