Jesus anuncia su pasion

 

Dice el refrán popular que “poco dura la alegría en la casa del pobre”. En el evangelio de la semana pasada, Pedro, pensando como Dios, había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Eso no se lo había revelado nadie de carne y hueso, sino el Padre. Jesús lo felicita y reconoce a Pedro como la Piedra sobre la cual se edificará su Iglesia.

En el evangelio de hoy, Pedro, pensando como los hombres, se rebela ante la revelación que hace Jesús de cómo Él va a ser Mesías. Esta reacción de Pedro, que se ha llevado a Jesús aparte para hacerlo “entrar en razón” —en la razón de los hombres— le hace merecedor de una de las palabras más fuertes que Jesús le había dirigido jamás a uno de sus seguidores. “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar”.

La experiencia de Pedro debe ser para nosotros un recordatorio sobrio de lo peligroso que es quedarnos en formulaciones y etiquetas que pueden significar cosas muy diferentes, según que pensemos como Dios o como los hombres. La palabra “Mesías” se había cargado de significados muy específicos en la mente judía.

Mesías, más que servidor ungido por Dios, se ha convertido en Rey. Un Rey añorado a imagen y re-edición de David, el gran Rey del pueblo de Israel. Así como David unificó las tribus y le dio a Israel el orgullo de ser una nación respetada por sus vecinos, el Mesías, como nuevo David, nos restaurará y nos sacará de la humillación en que hemos caído.

Jesús, pensando como su Padre Dios, entiende que al haber optado por servir al Reino con armas distintas a las de los poderes de este mundo, le tocará “perder”. La cruz, que no es fabricación de Dios, sino de sus adversarios, será el camino que tendrán que recorrer Jesús y sus seguidores. En ese “perder” ganarán. En el “negarse a sí mismos” serán afirmados y reconocidos por Dios y por Jesús. En esto consiste la vida. Al escoger ese camino, Jesús y sus seguidores se transforman en el sacrificio agradable a Dios, en culto razonable. Sus cuerpos se presentarán como hostia viva y santa. Esto será el corazón de nuestras liturgias.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.