NOTENGANMIEDO2Matar el cuerpo: eso se puede hacer desde fuera de una persona. Solamente se necesita el arma adecuada, la intención y la oportunidad. Matan el cuerpo los asesinos, los verdugos. Jesús le pide a sus discípulos que no tengan miedo a los hombres, que no tengan miedo a los que solamente pueden matar el cuerpo. Casi puedo oír la protesta de muchas personas: “¿Solamente? ¿Te parece poco que una persona pueda acabar con mi vida? ¿Qué más pueden hacerme después de matarme?“. Jesús comprendió que se nos puede hacer un daño infinitamente más grave que el matarnos el cuerpo. Pero ese daño solamente lo podemos hacer nosotros. He oído interpretaciones de este pasaje del Evangelio que apuntan a Dios como aquel a quien hay que temer. Él puede destruir con el fuego el alma y el cuerpo.

Me permito no estar de acuerdo. No es a Dios a quien tenemos que temer. Solamente nosotros podemos destruir nuestra alma y nuestro cuerpo.

Recordemos que en el pensamiento hebreo no podemos separar alma y cuerpo.

Nuestro cuerpo es nuestra alma expresada en carne y gesto. Destruir el alma es entregarnos enteros al negocio de negar nuestra identidad como hijos(as) y hermanos (as).

Cada vez que queremos “comprar” nuestra identidad y nuestro valor al margen de la relación de hijos e hijas de Dios y de espaldas a la fraternidad humana, destruimos nuestra alma.

Cada vez que vendemos nuestras creencias y nuestros valores para comprar una falsa seguridad y protección ante quienes las amenazan, destruimos nuestra alma.

Cada vez que nos dejamos seducir por “buenas noticias” que no vienen del Padre de Jesús sino de fabricantes de ídolos, destruimos nuestra alma. (¿Que ya no hay ídolos, me dices? Sí, en su versión moderna: la moda, el placer de todo tipo, los líderes
endiosados que adoran el escucharse ellos mismos, el qué dirán, el qué dijeron, el qué me harán...).

Cuando me doy cuenta que solamente yo puedo destruirme y dañarme definitivamente, recupero la libertad antes los que “solamente” pueden matar mi cuerpo. Mis ideas, mis valores, mi libertad, mi dignidad: solamente yo puedo matar eso.



Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.