Mt 221 14

El evangelio de hoy es continuación del conflicto que aparecía en la parábola de los viñadores asesinos que leíamos la semana pasada. El escenario es el mismo. Los destinatarios de las parábolas de la viña y del banquete de bodas son los mismos. Se dirige Jesús a los jefes religiosos de su pueblo, los supuestos guardianes de la pureza de la fe de Israel. Confrontados primero por los profetas a quienes dieron muerte por lo incómodo de su mensaje. Invitados ahora por Jesús a entrar en un mundo religioso distinto al de las leyes estrictas y la exclusión de los pecadores, un mundo marcado por la incomprensible gratuidad de Dios.

La parábola de Mateo hace alusión al traumático evento de la destrucción de Jerusalén. Es difícil para nosotros calibrar el impacto de ese hecho para los judíos. Representaba el más radical cuestionamiento a la fidelidad de Dios a sus promesas. El autor del evangelio de Mateo pone en boca de Jesús la interpretación de esa tragedia. No es Dios el que ha sido infiel a su promesa. Es el pueblo de Israel el que se ha negado a entrar en el banquete mesiánico. Son sus dirigentes los que no han sabido acoger la novedad del Reino. Este pueblo fue llamado y ellos mismos se han resistido. De tanto creerse el pueblo escogido, se hicieron sordos al llamado de lo nuevo.

La negativa de las autoridades religiosas judías le abre las puertas del banquete a todos los pueblos de la tierra. Los discípulos de Jesús saldrán a los cruces de todos los caminos para invitar a todo el mundo a la mesa mesiánica de Dios. Serán invitados especiales los que hasta ahora no han sido invitados a nada. El banquete esplendoroso visualizado por Isaías (primera lectura de la misa de hoy) va a hacerse realidad. El velo que cubría, y excluía, a los pueblos “no escogidos” será arrancado.

Solamente hace falta acoger la invitación y vestirse de fiesta. No se puede entrar al banquete sin dejarnos transformar por la derrochada bondad de Dios. No hay sitio en la fiesta para otra cosa que no sea la alegría agradecida

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.