Mateo 2215 21

La relación entre los poderes políticos de este mundo y la religión rara vez ha sido armoniosa. La historia está llena de conflictos. Tanto el poder político como el poder religioso han tenido —y tienen— aspiraciones de orientar y dirigir la totalidad de la vida de las personas bajo su mando. Aunque teóricamente se reconoce la autonomía de estas dos esferas de la vida humana, en la práctica se cruzan las fronteras no siempre de la manera más respetuosa.

Hay veces en que los líderes religiosos han querido imponer, no proponer, a toda la sociedad directrices éticas con carácter de absoluto. En una sociedad pluralista, donde conviven personas de muy diferentes posiciones con respecto a la religión, los consensos que rigen la convivencia deben ser buscados por las vías del diálogo. No se le niega a la religión el aporte que puede hacer a ese diálogo desde su visión de fe. Una perspectiva religiosa puede enriquecer enormemente la calidad de la vida en sociedad.

Los conflictos se han originado también desde la otra esfera, la del poder político. Una autoridad totalitaria puede pretender invadir la interioridad de las personas. No solamente se contenta con exigir el cumplimiento de leyes que buscan el beneficio de todas las personas en la sociedad, sino que empieza a querer poner límites a la libertad de pensamiento y de expresión. Lo que no concuerde con la visión “oficial” del poder político de turno es reprimido de maneras más sutiles o más abiertas.

En el episodio del evangelio de hoy, Jesús ofrece un criterio de discernimiento para orientar el comportamiento de las personas enfrentadas a dilemas de lealtad entre los dos poderes. “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. El título de esta “sección” acentúa la primera parte de lo que dice Jesús. Casi siempre afirmamos los creyentes con más fuerza la segunda parte. Eso es necesario. Ningún César puede convertirse en Dios ni exigir a las personas la adoración que sólo a Dios se debe.

Pero en este espacio preferí preguntarme qué es lo que hay que dar al César. Le toca a los creyentes respetar la legítima autoridad del poder civil, no sacarle el hombro a la construcción de una sociedad justa en colaboración con todas las personas, creyentes o no. El César tiene derecho a recibir de los creyentes una obediencia crítica que incluya en ocasiones la oposición responsable a todo lo que el César pretenda exigir que solamente le toca a Dios.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.