vigilen

Para ayudarnos a entender el mensaje de sus parábolas, Jesús añade muchas veces una frase que encierra lo que se espera de nosotros. En la parábola de hoy, la parábola de las muchachas necias y sensatas, nos dice Jesús: “Vigilen, porque no saben el día ni la hora”.

El mensaje de la parábola es la invitación a una actitud de permanente discernimiento, una fina atención al paso de Dios por nuestra historia, un vivir preparando el “día y la hora” de la instauración definitiva del Reinado de Dios. Las personas que viven así son sensatas. Al tener los pies firmemente plantados en la tierra y el corazón en permanente sintonía con la novedad de Dios, pueden ofrecer un servicio de calidad al proyecto del Reino.

Hay otros detalles en la parábola que pueden distraernos. Las muchachas sensatas pueden parecernos muy egoístas al no compartir su aceite con las necias. Para que el disgusto ante ese aparente egoísmo no nos aparte
del mensaje central de la parábola, necesitamos preguntarnos cuál es el “aceite” que tienen unas y le falta a
las otras. Si se trata solamente del aceite material que necesitan las lámparas, bien podríamos invitar a las
muchachas sensatas a desprenderse de parte de su aceite aunque no tengan ninguna obligación en justicia de hacerlo.

Ese aceite, y muchas otras cosas materiales que tenemos, pueden ser compartidos en una actitud de generosidad.
Pero si entendemos el aceite de las lámparas en relación con la actitud de atención y vigilancia a la que nos referíamos más arriba, entonces nos vemos obligados a hacer la distinción a la que se refiere el título de esta mesa. Hay dimensiones de nuestra relación con Dios que son no solamente personales sino intransferibles. Nadie
puede creer en mi lugar. Nadie puede reemplazar mi contribución única e irrepetible al Reino de Dios. Nadie puede poner aceite en mi lámpara.

¡Cuántas veces no hemos
querido poner el aceite de la fe, de la esperanza, del amor en las lámparas de las personas que queremos! El evangelio de hoy nos ayuda a entender nuestra experiencia religiosa como un proceso dinámico en el que vamos continuamente llenando nuestras lámparas. No reducimos nuestra relación con Dios a actuaciones puntuales, por importantes que sean en sí mismas.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.