la palabra se hizo carne

No sólo de pan vive la persona humana, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Este recordatorio del libro del Deuteronomio, que se nos había hecho en la escena de las tentaciones (Mateo 4, 4), es particularmente necesario para acercarnos con respeto reverente al prólogo del evangelio de San Juan.

El misterio que celebramos en esta Navidad es un misterio de sandalias quitadas y de escucha profunda. En la carne del recién nacido se nos entrega una Palabra que existía ya desde el principio, que estaba junto a Dios y que era Dios.

Si todas las palabras que a lo largo de los siglos nos habló Dios por los profetas fueron palabras vivificantes, esta palabra que en la etapa final nos habló Dios por el Hijo (Hebreos 1, 2) está plenamente llena de vida.

Pero el libro del Deuteronomio no nos pide renunciar al pan: no vivimos solamente de pan, pero necesitamos el pan, como necesitamos el techo, el vestido, la libertad y la dignidad propia de los hijos e hijas de Dios.

Por eso tenemos que acercarnos a la Palabra que es Vida para juzgar desde ella toda palabra que se nos dirige. Las palabras que no se parezcan a esta Palabra definitiva de Dios no son palabras que contienen vida. En el mejor de los casos nos distraen y nos confunden. En el peor de los casos matan en nosotros la vida y la esperanza.

Cualquier palabra que ofrezca como realidad lo que solamente es imagen y propaganda, es burla y es mentira.

Cualquier palabra que nos impida a nosotros decir nuestra palabra si no coincide con la que viene con sellos oficiales y “de arriba”, es violencia y es negación de la vida.

Cualquier palabra que no sea cercana, frágil, hermana, dialogante, proposición y no imposición, nos limita y nos encierra en el temor y el aislamiento.

Cualquier palabra que no salga de las tiendas de nuestro campamento, fruto del camino compartido y de la jornada solidaria, es palabra prepotente, nacida en la atmósfera viciada del poder y la arrogancia.

Cualquier palabra que no se haya hecho carne y se haya hecho historia, será palabra vacía, ideología que aturde, “teque” que obstina.

El Hijo, desde el seno del Padre, nos ha regalado la palabra que es Vida.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.