sagrada familia

La Navidad es privilegiadamente una fiesta de familia. En este tiempo del año se multiplican los encuentros y re-encuentros de miembros de la familia que estaban lejos. A veces las lejanías más dolorosas, las que no son geográficas, se acortan. Es difícil mantener rencores y distancias cuando a todos nos alcanza de alguna manera la suavidad del pesebre y el encanto del Niño Dios recién nacido.

No es sorprendente, por tanto, que la Iglesia consagre el primer domingo después de la Navidad a celebrar el misterio de la familia. Al invitarnos a mirar a la Sagrada Familia, nos ayuda a ver todo lo sagrado que tiene nuestra experiencia de familia. "Sagrado" no significa ni perfecto ni libre de heridas y pecado. Se refiere a todo lo que hay en cada persona de misterio, de imagen de Dios indestructible, de bondad y belleza que invita a la reverencia y al respeto cargado de cariño y admiración.

La familia es el lugar diseñado por Dios para que puedan irse haciendo verdad nuestras mejores posibilidades. Lo que se nos dio como regalo al nacer, tiene que ser acogido y ayudado a crecer en el seno de la familia.

Jesús, con todo y ser desde su nacimiento el Hijo de Dios, no pudo ni quiso escaparse a la ley del crecimiento. No pudo por respeto a la naturaleza humana que asumió en la Encarnación. No quiso porque tomó muy en serio el querer plantar su tienda de campaña junto a las nuestras.

Lucas señala que el niño iba creciendo. Creció en todas las dimensiones de ser persona. Creció en edad y en tamaño. Creció en su capacidad de entender la vida y de asimilar la sabiduría y la experiencia religiosa de su pueblo. Junto a María y José fue aprendiendo las destrezas necesarias de la supervivencia y el lenguaje y la gramática de Dios. En la riqueza y profundidad de la "monótona vida familiar" aprendió a respetar el ritmo de Dios, la fuerza oculta en la levadura perdida en la masa, la alegría intensa y sencilla de monedas perdidas y encontradas. Que en este día dedicado a la familia, podamos mirar hondo a nuestra experiencia familiar, agradecer el milagro del crecimiento de cada día, celebrar la vida con nuestras familias, también sagradas.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.