casa de mi padre

El sentido de pertenencia a una institución es algo muy saludable para la persona y para la institución. Cuando se da esa pertenencia sentida, a una persona “le duele” la institución, se apropia sus ideales y se identifica con sus proyectos. Si se trata de una institución religiosa, la pertenencia se hace aún más íntima y profunda. Esto también es bueno, aunque hay que introducir una nota de precaución. Una institución religiosa trata de traducir en prácticas y estructuras una dimensión de la vida que no se puede reducir ni identificar completamente con ellas. Dios no es “algo” que nosotros podamos controlar ni manejar a través de nuestros actos. Es un Alguien radicalmente distinto, otro, inmanipulable.Esta nota de precaución apunta a una tensión inevitable, necesaria, en el manejo de lo religioso.

Necesitamos las estructuras, la concretización en comportamientos, signos y rituales, en una palabra, todo lo que la experiencia humana requiere para poder ser
compartida y comunicada. Pero en última instancia, Dios permanecerá siempre como Misterio, a la vez cercano y distante.

Hay muchas maneras de no respetar esta tensión. Hay personas bien intencionadas que intentan sustituir a Dios, autonombrándose agentes de la Providencia divina.La intención es buena: servir a Dios. Falla la “brújula”: no respetamos el protagonismo de Dios. El ataque de Jesús en el evangelio de hoy se refiere a otro irrespeto mucho más peligroso y maligno. Convertir en mercado la casa del Padre no tiene nada de servicio a Dios. Más que servirlo, se convierte en una manera de “servirnos de Dios” para nuestro interés y beneficio.


No tengo objeción a que en las iglesias se puedan poner a la venta artículos religiosos como rosarios, estampitas, velas, etc. Cuando esto se hace de una manera
decorosa, cuando el lugar donde se vende no distrae a las personas que acuden al templo buscando quietud, paz y silencio, esto no me parece que sea convertir en mercado la casa de Dios. Siempre sería preferible alejar lo más posible estos puestos de venta del templo mismo. Pero hay manifestaciones de “mercado” que no son tan obvias y que son infinitamente más dañinas. Cuando se quiere aprovechar el espacio religioso para el lucro económico, eso es malo. Cuando pretendemos “comprar” a Dios con prácticas y con ritos, esto es mucho peor. Con Dios no se negocia.

 

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.