Permanecer en Jesús

La permanencia es una cualidad de cosas y personas que se va perdiendo en una cultura de lo transitorio y lo desechable. Las cosas no duran lo que duraban antes.
Contemplen los venerables “almendrones”, verdaderas reliquias en cuatro ruedas. Con todo respeto a los asiáticos, mucha gente prefirió quedarse con su viejo refrigerador ruso o americano. La lista de objetos de “los de antes” podría multiplicarse indefinidamente.

A riesgo de declararme irremediablemente antiguo, yo valoraba mi pluma fuente “Esterbrook” que me acompañó casi todo mi paso por la primaria. (Las generaciones más jóvenes tendrán que preguntar a los mayores qué cosa era una “Esterbrook”…) Cuando pasamos de las cosas a las personas, el cuadro se hace más dramático. Un matrimonio que cumpla más de quince años de casados es cada vez más una especie en extinción. Con alarmante facilidad, las personas mantienen fidelidad a compromisos contraídos solamente hasta que “me sienta bien” en ellos. No quiero descalificar sin más el criterio del “sentirse bien”. Pero me gustaría que no fuera el único ni más importante criterio para mantener o retirar mi “permanencia” en el compromiso.

En el evangelio que escuchamos hoy, Jesús usa siete veces la palabra “permanecer”. Los discípulos solamente podrán dar fruto en su trabajo por el Reino si permanecen en Jesús. La comparación que usa Jesús es la de la relación que existe entre los sarmientos (las ramas de la vid) y el tronco. Las uvas reciben su savia
de los sarmientos y estos la reciben de la vid, del tronco. Si la rama cree que las uvas son de su exclusiva propiedad y autoría y pretende separarse del tronco, se
seca y muere.

Son dos las pistas que nos ofrece Jesús para ayudarnos a permanecer. La primera pista es el cuidado amoroso del Padre, que es el labrador. Nosotros podemos separarnos del tronco: es el privilegio de nuestra libertad. Con dolor, el Padre arranca a los sarmientos que se han secado para proteger a la vid y poda a los sarmientos que están unidos a ella para que den más fruto.

La segunda pista es la fidelidad a las palabras de Jesús. La palabra de Jesús no es un discurso vacío ni una proliferación de ideas. Es viva y eficaz. Tiene poder para dar vida. La permanencia de las palabras de Jesús en nuestro corazón nos permiten “permanecer” en Él.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.