Juan 15 9 17 fano

El seguimiento de Jesús supone una decisión personal. Ojo: me refiero al seguimiento de Jesús, no a una pertenencia casi cultural, masiva, a una institución
religiosa. La palabra “seguimiento” apunta a una identificación con la persona de Jesús, una apuesta a favor de sus prioridades y valores, una traducción de su mensaje al lenguaje de la práctica y la ordenación de la propia vida. “Seguir” a Jesús es aspirar a una sintonía tan grande con Él que nuestra vida y nuestras obras continúen en la historia el camino de Jesús.

El hecho de que el seguimiento de Jesús exija de nosotros un compromiso que afecta a todo lo que somos, puede explicar que al hablar de esa decisión pongamos tal acento en nuestra respuesta que lleguemos a creernos que somos nosotros los que lo hemos elegido a Él.Es por eso que necesitamos un recordatorio permanente de la frase de Jesús que encabeza este espacio. Todo lo que somos y hacemos es regalo y gracia. Somos el resultado de un amor infinito, desbordante, y, sobre todo,
un amor que llega siempre primero. Nos recordará San Juan en su primera carta que el amor no consiste en que nosotros amemos a Dios sino en que Él nos amó primero.

Eso no significa que nosotros seamos pura pasividad en la recepción de los regalos divinos.La estructura de la redención es de la misma marca que la primera gran obra de Dios, la creación. Así como la creación se nos entrega no solamente como regalo sino también como tarea, la redención exige de nosotros la acogida al
regalo, la colaboración con la gracia de Dios, nuestra respuesta personal, creativa, discernida. No somos marionetas en las manos de Dios. A la elección de Dios, que viene primero, debe corresponder nuestra elección de su persona y su proyecto.

Recordar la primacía de la elección de Dios nos trae el regalo inmenso de quitar de nuestros hombros el peso que muchas veces ponemos ahí. El peso de creernos que sin nuestra presencia el mundo va a la ruina. El error terrible de confundir el que todos somos necesarios con su caricatura, el que algunos seamos imprescindibles.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.