amoralprojimoLa Ley entera y los profetas se sostienen en el primero y principal mandamiento, el del amor a Dios y el amor al prójimo.

De tanto escuchar esta sencilla y profunda admiración de Jesús, puede ser que no caigamos en la cuenta del escándalo que supone para quienes le preguntan a Jesús sobre el principal mandamiento de la ley.

Para vivir a plenitud la ley, según Jesús, basta con observar cabalmente este único mandamiento que abraza en un solo movimiento el amor a Dios y a los demás. Es decir, los fariseos, autoproclamados los expertos en el conocimiento y la interpretación de la ley, quedan automáticamente sin empleo religioso. Hasta las personas más simples, menos sofisticadas en el mundo de la religión, hasta los más ignorantes del complicado laberinto en que se había convertido la ley judía, pueden entender y vivir sin angustia el primer y único mandamiento.

¡Qué golpe tan duro para los fariseos, que habían construido su poder religioso sobre este manejo de la ley y sus mil complejidades! Pero, al mismo tiempo, ¡qué alivio y qué liberación de espíritu para los que siempre intuyeron que tenía que ser más sencillo el camino hacia Dios!

Los fariseos le preguntan a Jesús por el principal mandamiento de la ley. Jesús responde ofreciéndoles, no uno, sino dos mandamientos. No es que Jesús no oyó bien.Dio la respuesta correcta según la ley (Dt 6,5), pero añadió un segundo mandamiento que no es en realidad distinto del primero.

Amar a Dios es imposible sin amar lo que Dios ama. Y Dios, que no puede dejar de amarse a Sí mismo en plena posesión de su absoluta bondad, vuelca ese amor en la creación del ser humano, hecho a su imagen y semejanza. No se puede amar a Dios a quien no vemos, sin amar al prójimo, hijo o hija de Dios, a quien sí vemos (1 Jn 4,20).

Ya el libro del Éxodo había traducido en lenguaje muy concreto las exigencias del mandamiento del amor al prójimo (Ex 22,21-27). Dios mismo saldrá a defender al huérfano, a la viuda, al forastero: máximas expresiones de indefensión, máximo reclamo a nuestra solidaridad.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.