Pentecostes Juan 2019 23

Los dos primeros regalos del Resucitado son la paz y el don del Espíritu Santo.Ninguno de estos dos dones está exonerado de conflicto. La paz de Jesús resucitado le
llega a los discípulos en la sala donde están encerrados por miedo a los que mataron a Jesús. El don del Espíritu Santo no es para ser atesorado en la intimidad del corazón.

Ambos regalos miran a la difícil misión que ahora estará en las manos frágiles y asustadizas de los discípulos.La fiesta de hoy es esencialmente misionera.
Como el Padre envió a Jesús, así también envía Él a los discípulos a continuar su tarea. Esta tarea es la de reconciliar este mundo y su historia con el Padre. En esa reconciliación está la salvación del mundo. No fue enviado Jesús a condenar sino a salvar.

Los discípulos están invitados a participar del mismo destino histórico de Jesús. El regalo original de la paz que trae el Mesías no es recibido por aquellos a quienes se les ofrece. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Por eso el regalo de la paz no es la ausencia de conflicto y persecución. A lo largo de la historia muchos seguidores de Jesús han compartido con Él la muerte violenta. La paz ofrecida por el Resucitado va acompañada de la muestra de las huellas de los clavos y de la lanza.

Este regalo permite a los discípulos vivir el conflicto desde una paz más honda, una paz que no puede tocar el odio y el rechazo de este mundo.
Todavía más estrechamente ligado a la misión es el regalo del Espíritu Santo. La primera lectura que escuchamos hoy de los Hechos de los Apóstoles está cargada de símbolos y realidades. Las lenguas de fuego se reparten sobre toda la comunidad de los seguidores. Junto con este símbolo va la realidad de la capacidad que reciben los discípulos de comunicar el mensaje a todas las naciones.

Pentecostés reconstruye, como posibilidad y como tarea, la unión de todas las personas y todas las culturas en un mismo abrazo fraterno, reconciliado, con el Padre y
los hermanos. Con el regalo del Espíritu Santo, la comunidad de seguidores se convierte en el nuevo sacramento de la íntima unión de Dios con toda la humanidad. La Iglesia nace como misionera. Si no lo es, no es Iglesia.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.