Santisima Trinidad Mt

 La expresión “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” nos es muy familiar. Son las palabras que acompañan el gesto de hacer sobre nuestra persona la señal de la cruz. El nombre de las tres divinas personas aparece también en la bendición al final de la misa y en la oración del Gloria. Las palabras que se repiten mucho pueden sufrir la misma suerte de monedas o billetes que pasan de mano en mano. Terminan por perder su relieve y su significado. Puede ser que no caigamos en la cuenta de lo que significa hacer algo en nombre de la Santísima Trinidad.

Nos fijamos primero en el inicio de la expresión. Cuando hago algo en nombre de otra persona, bien sea que la represente o que solicite un favor apelando a la persona nombrada, estoy reclamando una cierta familiaridad con ella. De alguna manera mi acción o mi petición va respaldada por el valor o la calidad de la persona cuyo nombre uso. Si tengo dignidad y vergüenza, no se me ocurre apelar al nombre de una persona a quien no conozco o que no me conoce.

Esta última consideración se hace particularmente importante cuando nos atrevemos a usar el santo nombre de Dios. Ese nombre que hace referencia al misterio de la identidad de Dios. El segundo mandamiento de la ley de Dios nos prohíbe usar el nombre de Dios en vano. Este mandamiento no se reduce a no blasfemar ni a jurar por Dios para darle valor a mi palabra o a mi compromiso. Nos compromete a llenar nuestras palabras y acciones de la santidad del Dios que mentamos.

Este atrevimiento cristiano solamente puede justificarse por la sorprendente y escandalosa afirmación que hace Dios desde el mismo comienzo de la Biblia. Somos creados a imagen y semejanza de Dios. La semejanza no está en el hecho de ser personas racionales e inteligentes. Nuestra persona lleva una “marca” trinitaria, es decir, la marca de una fraternidad y comunión con todas las personas. Fraternidad que es a la vez regalo y tarea a realizar. Seremos imagen imperfecta de Dios en la medida en que no hayamos podido fabricar en esta tierra un espacio fraterno y solidario.

La invitación de Jesús a sus discípulos que encabeza este espacio es la invitación a traer a todas las personas a la comunión con Dios y entre nosotros. No basta enseñar las verdades de la fe a todas las naciones. Necesitamos hacer de este mundo nuestro el paraíso al que todavía no hemos llegado.
Domingo.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.