Cuerpo y sangre de Cristo

La sangre es símbolo y constitutivo esencial de la vida. Si nos desangramos,podemos perder la vida. Aparece de manera muy significativa en la fiesta de hoy y en las
lecturas que nos ayudan a asomarnos a ella. Pero aparece de maneras muy distintas.

Tratemos de acercarnos a las lecturas para que nos ayuden a comprender y sobre todo a vivir el misterio de esta fiesta.La primera lectura nos remonta al mundo de los sacrificios de la Antigua Alianza.La mitad de la sangre de los novillos sacrificados se derrama sobre el altar y la otra mitad es rociada sobre el pueblo. Hay un doble simbolismo: los novillos “sustituyen” a los israelitas que los sacrifican y su sangre representa la nuestra. El segundo simbolismo está encerrado en la segunda parte del ritual. Al rociar la sangre sobre los sacrificantes se establece una comunión entre el pueblo y Dios, representado en el altar.

Ya en el mismo Antiguo Testamento hay una invitación a ir al corazón de este rito. No es sangre de novillos lo que quiere el Señor que le ofrezcamos.Quiere nuestra fidelidad y nuestra comunión con Él.La fiesta de hoy, fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, es la superación definitiva de los sacrificios de animales. Cambia la víctima y cambia radicalmente el sentido del sacrificio. La víctima es Jesús, el Cordero de Dios, que con su fidelidad se echa encima toda la historia de infidelidad y de pecado para redimirla.

Cambia el sentido del sacrificio: ya no se trata de aplacar a Dios, sediento de reparación y de sangre.No altera Dios la gratuidad de su amor y acercamiento a nosotros. No hay que pagarle nada a Dios para que nos quiera y nos salve. Nos salva el amor gratuito y solidario del Hijo que mantiene hasta el final su entrega al Padre y a su proyecto del Reino.

Cambia también el escenario del sacrificio. Nos encontramos sentados a la mesa de la fraternidad con Jesús. El pan y el vino son transformados, no con unas palabras mágicas, sino con toda la vida de Jesús. Jesús puede ser pan para nosotros porque vivió toda su vida “dejándose comer”. El pan es su cuerpo, entregado mucho antes de la Última Cena. El vino es su sangre, es decir, su vida, derramada por los caminos de Israel. Misterio insondable de amor y de entrega, al Padre y a nosotros.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.