Multiplicación de los panes

La escena de la multiplicación de los panes y los peces cautiva nuestra imaginación. Es, al mismo tiempo, una poderosa invitación para entrar en el misterio de la relación de Jesús con nosotros en nuestra capacidad de seguidores y colaboradores en su misión.

Este relato de San Juan tiene una dinámica provocadora. Comienza con un problema: cómo alimentar a esta multitud que sigue a Jesús, hambrienta de palabra y de pan. Sigue una pregunta de Jesús sobre una posible solución: ¿cómo compraremos pan para que coman estos? Esta pregunta, dirigida a un grupo de “muertos de hambre” que no tienen donde reclinar la cabeza, suscita una objeción de parte de Felipe: el problema no es dónde comprar pan para tantos, sino de dónde sacaremos dinero para la compra. Aparece entonces un personaje insignificante, un joven de entre la multitud, que se acerca tímidamente ofreciendo lo que tiene, cinco panes de
cebada y dos pescados. Este gesto, encantador en su candor y generosidad, recibe una respuesta realista,
no despectiva, por parte de Andrés, el hermano de Pedro: está muy bonito y conmovedor lo de los panecitos, pero, ¿qué es eso para tanta gente?.

Ordinariamente todo este intercambio palidece ante el gesto espectacular de Jesús, que comienza con una oración de bendición y de acción de gracias por lo que tiene en sus manos, fruto del desprendimiento de este joven. Jesús no hace nada llamativo, simplemente empieza a repartir los panes ylos peces entre los que están sentados a su alrededor.

Los insuficientes panes y peces no se agotan, siguen apareciendo para los que están más lejos, se logra llegar a todos y todavía sobra.

Hay dos milagros “anónimos” en este relato: el milagro del cambio de corazón que llevó a este joven a cambiarle la etiqueta de “míos” a “nuestros” a sus panes y peces. El segundo milagro es que no haya habido ningún muerto ni herido cuando empieza la repartición y la gente se da cuenta de que solamente hay cinco panes y dos peces.

La pregunta de Andrés, que encabeza este espacio de hoy, hace eco de la pregunta que tantas veces nos hacemos cuando comparamos las inmensas necesidades de la gente con nuestros escasos recursos. Esa pregunta nos lleva al desaliento. La invitación del evangelio de hoy es a imitar el gesto del joven: lo que tengo no es suficiente, pero lo ofrezco y lo pongo a disposición de Jesús.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.