El Pan de Dios

Después de la multiplicación de los panes, Jesús critica a los que lo buscan por el interés del pan que han comido y no por los signos que Él hace. El pan es necesario para la vida pero no es suficiente para saciar las hambres más profundas que tenemos. El pan multiplicado y repartido es un signo, una invitación a mirar más allá del regalo hacia el autor del mismo.

La multitud comió el pan multiplicado por Jesús hasta saciarse. Deslumbrados por la magnitud del milagro, corren detrás de Jesús.Más bien, por la crítica que hace Jesús, corren detrás de más pan. Si vuelven a comer,quedarán saciados una vez más y muy pronto volverán a tener hambre. Es un ciclo que se repite constantemente.

Las personas que reconocen en el signo la irrupción de algo nuevo y distinto se abren a la vida verdadera que ofrece Jesús. Son las personas que son capaces de ver en Jesús algo más que un autor de portentos y milagros. El milagro es una señal en el camino. Apunta a algo más grande que la obra realizada, por más
impresionante que esta sea.

El maná que comieron los israelitas en el desierto no era más que una pálida figura de lo que Dios haría en la persona de Jesús. Habrá siempre una tensión entre la necesaria búsqueda del pan y el alimento que nos sustenta para esta vida y la invitación a no quedar atrapados en la inmediatez de ese pan.

La extraordinaria belleza y generosidad de la creación es invitación a dirigir toda nuestra persona hacia el Creador de todo lo que es bueno y vivificador para nosotros. Pegar el corazón a las cosas creadas sin “despegar” hacia su autor, sería tan triste como recibir regalos de nuestros padres y fijarnos solamente en lo que recibimos sin reconocer todo el cariño y el amor que son fuente de lo que nos dan.

Cuando podemos hacer el camino que va del regalo hasta su autor, nuestro corazón queda saciado. Alimentados por el pan de la vida, nunca más tendremos
hambre. Al creer en Jesús, nunca más tendremos sed.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.