Juan 6 41 52 yo soy el pan

Había dicho Jesús, "Yo soy el pan bajado del cielo". Le critican sus enemigos, "¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?" Si bajó del cielo, no puede ser tan conocido y familiar para nosotros. Si conocemos a su familia y lo hemos visto desde niño, ¿cómo puede decir que bajó del cielo?
Esta discusión con la que comienza el evangelio que escuchamos hoy refleja una tensión permanente en la experiencia cristiana y en el lenguaje sobre Jesús. Es la
tensión propia de la Encarnación, ese misterio desafiante de nuestra fe. ¿Cómo puede Jesús ser a la vez tan humano y tan divino?

En estos domingos nos lleva la Iglesia en la liturgia a escuchar y acoger el discurso del pan de vida. Las palabras de Jesús son chocantes y esperanzadoras al mismo tiempo. Hay que comer su cuerpo y beber su sangre. Esto choca y sacude nuestra sensibilidad. Si lo hacemos, tendremos vida eterna, alimentada por ese pan de consuelo.

Enfrentados a estas tensiones y conflictos, necesitamos dejarnos llevar por Jesús hasta el Padre. Invitación permanente a convertirnos en discípulos, a ser todos
"enseñados por Dios". Si podemos superar la dificultad inicial de lo "familiar" y "poca cosa" que parece ser Jesús (un joven campesino-artesano de familia humilde y conocida de la despreciada Galilea de los gentiles), podremos tener acceso al Padre y permitirle a Jesús que se convierta para nosotros en el pan de vida.

Para poder ser pan de vida, Jesús tuvo que acercarse y darse por entero a nosotros. Se dejó ver, oír, tocar por nosotros con la familiaridad del que ha puesto su tienda junto a las nuestras. La Eucaristía, el sacramento donde recibimos el pan de la vida, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, recibe todo su sentido y su peso de esa vida entregada momento a momento durante todo el recorrido de Jesús, No se contentó Dios con enviarnos un nuevo maná desde el cielo. Quiso que este nuevo pan
bajara del cielo para meterse de lleno en nuestra historia.

Nunca estuvieron más unidos lo celestial y lo terreno.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.