Domingo 22 Tiempo Ordinario

Las leyes son creadas por los seres humanos en entornos sociales definidos como una manera de preservar valores y organizar la convivencia de la mejor manera posible. El ideal y la “salud” de la ley es estar al servicio de la vida. Cuando se pierde esa referencia vital, la obediencia y el respeto a las leyes se convierte en legalismo. En una postura legalista, es perfectamente posible cumplir con la letra de la ley mientras se violenta su espíritu.

En el evangelio de hoy, Jesús enfrenta el legalismo de los escribas y fariseos. Los discípulos de Jesús son criticados por comer con “manos impuras”, es decir, sin
haberse lavado las manos en cumplimiento de la tradición ritual de los mayores. No está en juego una simple trasgresión de una norma higiénica de sentido
común. La persona que no cumple la pureza ritual compromete de alguna manera su pureza religiosa.

Además de tener manos sucias, queda también manchado su corazón ante Dios. De no ser así, no se entiende la estridencia de la crítica a los discípulos.
Como en muchas otras controversias religiosas, Jesús no se queda atrapado en la conformidad con la letra de la ley. Invita a mirar más hondamente el
sentido de la ley y los valores que la ley busca defender. Si la pureza ritual no eleva al ser humano a la búsqueda de lo que verdaderamente “limpia” el
corazón, queda reducida a una norma o costumbre, ciertamente saludable, pero sin trascendencia moral y religiosa.

Lo que está fuera de nosotros puede beneficiar o dañar nuestro cuerpo, pero no puede manchar a la persona. Lo que mancha a la persona no es lo que entra de fuera sino lo que sale de dentro. La lista de maldades que enumera Jesús (malas intenciones, fornicaciones, robos, homicidios y adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, etc.) tienen su origen en un corazón mal colocado ante Dios. Estos frutos dañados nacen de un corazón que ha perdido su centro. Es la impureza del corazón la que mancha al ser humano. Cuando Jesús nos dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle su pleno cumplimiento, está llamándonos a vivir
siempre la ley en referencia y en servicio a la vida.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.