El más importante

La discusión que tienen los discípulos, a espaldas de Jesús, es tan vieja como el mundo y de plena actualidad y relevancia en nuestros ambientes de Iglesia. El querer
aspirar a la excelencia en lo que se hace es una virtud. El no conformarnos con la mediocridad y con “salir del paso” es digno de elogio y de imitación. El problema está cuando lo que nos motiva a la superación es la búsqueda del reconocimiento y la competencia por los primeros lugares.

Como la motivación humana casi nunca es simple, pueden coexistir en nosotros motivaciones de muy diversa calidad evangélica a la hora de actuar en los grupos de Iglesia en los que militamos. Junto con el servicio desinteresado al proyecto del Reino de Dios, puede estar el interesadísimo deseo de que todas las personas
de mi grupo caigan en la cuenta de lo importante que soy y de lo valiosas de mis contribuciones.

Es parte de la autoestima sana el que yo considere que soy importante en el grupo al que pertenezco. Es parte del orgullo luciferino cuando yo deseo, a veces sin una conciencia clara de ese deseo, añadir el adverbio “más” al adjetivo “importante”.

Un criterio útil para discernir cuándo mi motivación de ser importante es sana y cuándo no lo es, es atender a mi reacción interna cuando no recibo el reconocimiento, el agradecimiento, etc. al que secretamente estaba aspirando. Me siento mal cuando no se dan cuenta los demás de lo mucho que me estoy matando por el grupo. Las personas que se candidatean a la “mayor importancia”, en su afán de “marcar puntos” y acumular méritos, se cargan más allá de lo
prudente y lo debido, de trabajos en el grupo.

Muchas veces, por ser verdaderamente
personas con muchas cualidades, ocupan posiciones de liderazgo, pero un liderazgo modelo “hombre orquesta”. Les cuesta trabajo delegar. En parte por creerse que nadie hace las cosas tan bien. En parte porque hay cierta satisfacción en el “complejo de mártir”.

En la comunidad cristiana, dice Jesús, el primer lugar es para los “últimos”. Y último, en la lógica de Jesús, es el que se pone al servicio de todos. Jesús, el Hijo de
Dios Altísimo, Señor de cielos y tierra, Señor de la historia, no vino a ser servido sino a servir.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.