Servir a Todos

Las instituciones, sin excluir la Iglesia, necesitan de liderazgo y de personas que asuman la responsabilidad por el bien común de la institución. Esa responsabilidad
conlleva una autoridad sobre la institución y sus miembros. Los líderes tienen que ser “autorizados” por la institución para desempeñar su papel.

Todas las instituciones, sin excluir la Iglesia, están expuestas a manejos menos sanos de la autoridad que depositan en sus líderes. Digo “depositan”: puede ser que
junto con la legítima autoridad depositada por la institución a través de sus estatutos o normas, los líderes intenten darse más poder que el que requiere su función de liderazgo.

En su versión ideal, el liderazgo debía estar al servicio de la institución y de sus fines. El auténtico líder es servidor, es decir, obediente a los ideales, principios y
objetivos de la institución que dirige. El liderazgo se corrompe cuando el líder quiere “servirse” de la institución y tratarla como su propiedad privada. Más allá del legítimo respeto que se le debe a su función de liderazgo, la persona en autoridad exige la incondicional sumisión a sus decisiones. En el triste comentario de Jesús sobre el reclamo de dos de sus más cercanos seguidores, Santiago y Juan, “ustedes saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen”.

Esa es la gran tentación del poder y de la autoridad que se sirve a sí misma. Es la lógica casi inescapable de quien se “apodera” de una institución.
El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente.La Iglesia es una institución humana, pero es también mucho más que eso. Más que normas y
estatutos, la Iglesia responde a una persona, la persona de su fundador. Su único jefe y maestro:

Jesús. La norma del liderazgo en la Iglesia la da el mismo Jesús. Se definió a sí mismo como el que vino a servir y no a ser servido. Su vida entera está puesta al
servicio del Reino de su Padre.

Por eso, al enfrentar la petición de Santiago y Juan de ocupar los primeros puestos en el Reino, Jesús les dirige a ellos y a todos nosotros, sus seguidores, el estricto
mandato de buscar ser los primeros ocupando los últimos lugares. “Ustedes, nada de eso”. Nada de prepotencia y autoritarismo. Sean como el Hijo del Hombre que vino a dar la vida en rescate por todos.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.