Reino de Dios Marcos 1228b 34

El evangelio de este domingo narra el encuentro entre Jesús y un letrado. Este diálogo, a diferencia de otros encuentros del capítulo 12 de Marcos, no está motivado por el deseo de poner a prueba al Señor, ni por la crítica a los comportamientos religiosos de su tiempo. Jesús y el letrado entran en una conversación donde cada uno muestra lo más íntimo de su búsqueda de Dios y ambos salen enriquecidos de esta.

La época de Jesús puede ser descrita como un gran mosaico de grupos religiosos que, en su mayoría, no gozan de gran popularidad en el evangelio. Todavía en nuestro vocabulario fariseo es sinónimo de hipocresía, pero en el primer siglo este grupo buscaba la fidelidad literal a la ley para apresurar la llegada del reino de Dios. Los zelotes, por su parte, optaban por la lucha armada contra los invasores para alcanzar el mismo objetivo. Los esenios -a los que probablemente perteneció Juan el Bautista- se retiraban al desierto como preparación ante el terrible juicio divino; mientras que los saduceos se aliaban con el Imperio para preservar, al menos, el culto del templo. En medio de este abanico de opciones surge un profeta de Galilea que se atreve a llamar a Dios Abba (Papá) y privilegia a los descartados de la sociedad como destinatarios de su Buena Noticia.

Si el letrado del evangelio hubiera encontrado en los fariseos, los zelotes, los esenios o los saduceos, una respuesta satisfactoria a su inquietud sobre el primer mandamiento, seguro no hubiera puesto en peligro su reputación al acercarse a Jesús. Si el Señor lo hubiera descalificado de antemano por el comportamiento de sus “compañeros de oficio”, no hubiera descubierto en este israelita la sed de Dios que animaba su estudio de la Torah, la Ley judía. Ambos, Jesús y el escriba, bajaron la guardia y posibilitaron la revelación más importante del Evangelio: amar a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Vale más que todas nuestras novenas, catedrales y procesiones.

El escriba fue despedido con uno de los elogios más elevados pronunciados por el Señor: “no estás lejos del reino de Dios”. Si el objetivo del letrado era entender y enseñar de este modo la ley de Moisés, no difería mucho de aquel Maestro de Galilea. Ojalá se pueda decir lo mismo de todos nosotros, si nos atrevemos a amar.



  Escrito por: P. Raúl Arderí, S.J.