Viuda y Rico

La madre Teresa de Calcuta nos decía que  “hay que dar hasta que duela”. La valoración de lo que damos no se hace, en la aritmética evangélica,
simplemente constatando la cantidad que se da. En la escena del evangelio de hoy, Jesús observa las distintas cantidades que echan en el cepillo del templo
los que vienen a orar. Muchos ricos, nos dice Marcos,“echaban en cantidad”. Una diferencia notable con las dos miserables monedas que echa la viuda pobre.

Una cantidad despreciable.A los ricos que echaron grandes cantidades no les duele lo que dieron. Dice Jesús que echaron de lo que les sobraba. La viuda echó todo lo que tenía para vivir. Pensó probablemente en las personas que tenían todavía menos que lo que a ella le quedaba.

Las personas que dan como dio la viuda hacen cálculos muy diferentes al que hacen los ricos. No miran primero a la cantidad de dinero que tienen para
preguntar cuánto me sobra. De hecho, muchos ricos dan muy poco o no dan nada porque casi nunca creen que es suficiente lo que tienen. Cuando la mirada va primero al propio bolsillo, es difícil que salga de ahí.

La mirada evangélica, la mirada de la viuda, va primero a la necesidad que nos rodea. No pregunta cuánto tengo ni cuánto me sobra. Pregunta por la necesidad. Se desprende de lo que tiene, aunque duela. La confianza se deposita en Dios que nunca se dejará ganar en generosidad.

No pide Jesús que ignoremos que la caridad empieza por casa. Este evangelio no es una invitación a descuidar la propia necesidad. La invitación es a ampliar la mirada, a incluir en esa propia necesidad la de nuestros prójimos. Es una mirada solidaria que se niega a absolutizar el “mío” para pensar siempre en el “nuestro”.
La primera parte del evangelio de hoy es mucho más dura hacia ese grupo especial de “ricos” que son los que “materializan” el servicio en la Iglesia. Recibirán una sentencia muy rigurosa los que devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Este comportamiento se disfraza a veces de “necesidad” de la institución que olvida que su primera obligación es a los pobres a los que está llamada a servir de manera prioritaria.

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  Escrito por: Alberto García Sánchez, S.J.