Pascua IV domingoJuan 10,11-18

Una vez que identificamos a Jesús como el Pastor, todas las personas, sea cual sea la denominación religiosa a la que pertenezcamos, renunciamos a convertirnos en pastores. Más aún, debíamos renunciar a cualquier intento de dividir el rebaño a lo largo de líneas de lealtad a distintos pastores. Tenemos un solo Pastor. El ideal es que formemos un solo rebaño.

La actual situación de las iglesias cristianas no corresponde con ese ideal. No solamente existen diferencias doctrinales entre las iglesias. Eso es serio y complicado y pide mucho deseo de comunión, mucha humildad y mucho diálogo para tratar de entender el origen de las diferencias y, en la medida de lo posible, tratar de acercarnos al mayor consenso que podamos obtener.

Es mucho más grave el espectáculo triste de mutuas condenas, exclusiones, rechazos. Esa hostilidad ha provocado incluso derramamiento de sangre entre hermanos y hermanas que han sido redimidos por la sangre de Jesús.

Durante mucho tiempo, los líderes de las iglesias cristianas han reconocido en esta situación de división y desunión uno de los más grandes obstáculos para la predicación cristiana. Es difícil que nuestros hermanos y hermanas que no son cristianos encuentren creíble el mensaje de amor y comunión de Jesús contradicho por nuestra falta de unión.

En este domingo del Buen Pastor, la Iglesia Católica Romana pide de manera especial por las vocaciones al ministerio sacerdotal. A la luz del deseo explícito de Jesús de la unidad de su rebaño, especificamos esa petición por las vocaciones para que Dios
nos conceda ministros ordenados que estén apasionados por el logro de la unidad.

Personas que quieran explorar con sus hermanos y hermanas de las iglesias cristianas los múltiples caminos y puentes que pueden ayudarnos a ir reconstruyendo la unidad.

Mucho antes de que se pueda lograr el acuerdo en las doctrinas, podemos rezar y trabajar juntos. Son muchos los proyectos que buscan comunicar vida en los que podemos juntar manos y arrimar hombros sin dejarnos confundir por lo que nos hace diferentes.
Siguiendo el ejemplo de Jesús, también ayudará que nuestro anhelo ecuménico se llene de rostros concretos.

Valoro tanto el regalo de la amistad de tantos hermanos de otras iglesias con los que he podido compartir experiencias, talleres, encuentros, oración, sin que las etiquetas de nuestras respectivas iglesias se interpongan y hagan ruido.



Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.