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La palabra de Dios es eficaz y es viva. La proclamación de esa palabra a toda la creación es el encargo que hace Jesús a sus discípulos antes de subir al cielo. Esa subida, esa
“ascensión” es el misterio que celebramos hoy. El encargo a los discípulos se nos confía también a nosotros. Por eso vale la pena detenernos a escuchar con atención lo que Jesús nos dice sobre este encargo.

La eficacia y la fuerza de la palabra se van a hacer visibles a través de los signos que acompañarán a la predicación. Sin signos, la palabra corre el riesgo de ser llevada por el viento.

Vivimos en una sobresaturación de palabras y de ideas. Solamente las palabras que vengan a nosotros cargadas de signos tendrán la capacidad de movernos.

A primera vista, algunos de los signos anunciados por
Jesús parecen fuera de nuestras posibilidades. Algunos hasta nos parecen completamente fuera de nuestro horizonte cultural. "Echar demonios” no es una actividad familiar, ni siquiera deseada. Es verdad que nuestro lenguaje y nuestra imaginación contemporánea incluyen de alguna manera la visión de lo infernal y lo satánico, pero no nos parece posible el que seamos nosotros quienes expulsen a esos demonios. Lo mismo podríamos decir de la invulnerabilidad a venenos y mordidas de serpientes. Solamente
el signo de la sanación a los enfermos se nos presenta como un signo creíble y que desearíamos acompañara nuestra prédica.

Si intentamos traducir a nuestro lenguaje y comprensión el
sentido más hondo de lo diabólico, pudiera ser que el signo de echar demonios no esté tan lejos de nosotros. Diabólico es todo lo que divide y rompe al ser humano por dentro. Diabólico es lo que nos separa de los demás. Echar demonios de nuestra vida y de nuestro mundo tan roto y dividido podría ser uno de los signos más convincentes de la verdad y fuerza de nuestra palabra. Ayudar a echar puentes, a construir fraternidad por encima de exclusiones y odios: ¿no son estos signos necesarísimos de la eficacia de la palabra de Dios? Lo mismo podríamos decir de los venenos y las serpientes. Nos contamina y nos envenena el espíritu todo lo que se presenta tan tentador como la serpiente del Edén. Todo lo que ofrece vida cuando no encierra más que muerte: consumo, poder, droga, paraísos fabricados por nosotros mismos.

La sanación, tanto espiritual como corporal, ha sido siempre de los signos más convincentes y elocuentes de la capacidad que tiene la palabra de Dios para rehacer nuestra
historia. Ojalá que todos esos signos acompañen y den sustancia a nuestra predicación.



Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.