santisima trinidad web¡Qué difícil es repetir muchas veces las mismas palabras sin que empiecen a gastarse como monedas viejas! Cada vez que nos santiguamos, cuando rezamos el Gloria, cuando comenzamos nuestras celebraciones de la misa o nuestras oraciones, repetimos las palabras que encabezan este espacio. Las acompañamos con el gesto de la señal de la cruz hecha sobre
nuestra frente, el pecho y los brazos.

Les invito a que hagamos un esfuerzo de acercarnos a estas palabras como si fueran oídas o pronunciadas por primera vez. Al decir "en el nombre de...", estamos haciéndonos conscientes
de que lo que vamos a hacer toma lugar de cara a estas personas que mentamos. No solamente en su presencia. Decimos más: queremos hacer esto en su nombre, en referencia a estas tres divinas personas.

Cuando hacemos algo "en nombre" de otra persona, tomamos conciencia de que nuestra acción de alguna manera va más allá de nuestras propias fronteras. Representamos a esa otra persona. Nos atrevemos a identificarnos con ella. Solamente así podemos hacer o decir algo "en su nombre".

¡Qué atrevimiento comenzar así una oración! ¿Quiénes somos nosotros para decir que nuestros actos están hechos en nombre de Dios? Bueno, atrevimiento y todo, tenemos derecho a esa máxima expresión de confianza porque pertenecemos a la comunidad que ha celebrado en las últimas semanas acontecimientos tan impresionantes como la Pasión, la Resurrección, la Ascensión y el envío del Espíritu Santo.

Podemos hablar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo porque en nuestros corazones resuena la voz del Espíritu que da testimonio de nuestra filiación. Somos hijos e hijas del Padre,
hermanos(as) del Hijo, templos del Espíritu Santo.

Podemos dar ese paso de seguridad y de confianza porque llevamos impresa en nuestros corazones y en toda nuestra persona la imagen del Dios trinitario. A su imagen y semejanza fuimos creados. Llevamos este carnet de
identidad. Queremos crecer cada día más en esa semejanza. Queremos que toda nuestra vida, igual que la vida inefable de la comunidad de las tres divinas Personas, sea comunión en el amor y en la solidaridad.

Todavía no somos eso. Estamos en camino. Mientras tanto, cada vez que nos reunimos y celebramos, lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Que la pronunciación de esas palabras nos impulse cada vez con más ardor a reproducir su imagen en nosotros.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.