cuerpo y sangre webAunque la Iglesia celebra diariamente la Eucaristía, donde hace memoria viva del sacrificio de Jesús y de su última Cena, dedica este domingo a honrar de modo especial el misterio del Cuerpo y de la Sangre de Jesús.

El derramamiento de sangre nunca ha sido una visión a la que podamos exponernos sin profunda afectación. Muchas personas se desmayan ante la vista de la sangre. ¿Qué sentido tiene detenerse en este detalle tan fuerte y chocante?

Quizás ya deberíamos estar acostumbrados a la increíble audacia de nuestra Iglesia. Es la misma comunidad que despliega en nuestros templos y alrededor de nuestros cuellos el símbolo de la cruz, el degradante suplicio al que fue sometido Jesús.

Es la misma Iglesia que canta en la Vigilia Pascual, "¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!"

Invitarnos a contemplar el cuerpo de Jesús, entregado por nosotros, y la sangre de Jesús, derramada por nosotros y por todos, es desafiarnos a tomar en serio la profundidad del amor de Dios hacia la humanidad. La memoria actualizada del gesto simbólico con el que Jesús recoge toda su vida y anticipa su entrega definitiva es un recordatorio sobrio de que este banquete pascual tiene un precio.


La participación en la cena nos compromete a 
vivir nuestra vida como pan que se parte para poder ser repartido. Sin esa dimensión de entrega, el banquete pascual se convierte en entretenimiento alienante.

Necesitamos darle al gesto eucarístico todo el peso que tuvo la cena de Jesús. Él pudo iluminar la oscuridad de la Pasión anticipándola con un gesto que mira hacia atrás, hacia toda su vida de servidor del Reino en palabras y en obras sanadoras, gesto que mira hacia el futuro inmediato de traición y de sufrimiento, y, en el presente, alza la copa para dar gracias al Padre y parte y reparte el pan.

El discurso eucarístico de Jesús fue duro de oír. Recordemos el escándalo que registra San Juan en su evangelio. Esta celebración de hoy quiere mirar con toda lucidez la dureza del mensaje y al mismo tiempo acoger toda la vida que se regala en el cuerpo roto y en la sangre derramada de Jesús.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.