todo en parabolas
Ordinariamente este espacio de la mesa del director comenta la lectura del evangelio del domingo. Sin embargo, es difícil no hacer una excepción. El viernes pasado celebró la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y el sábado la del Inmaculado Corazón de María. Para todos los cristianos, y de una manera especial para la Compañía de Jesús, la fiesta del Sagrado Corazón ocupa un lugar muy especial en nuestro mundo religioso.

La imagen del Corazón de Jesús está presente en muchos hogares como un recordatorio elocuente de “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo” (carta de San Pablo a los Efesios).

Las imágenes del Corazón de Jesús lo presentan con el corazón abierto, coronado de espinas y con una llama ardiendo encima del corazón. San Juan, en su relato de la Pasión, nos dice que un soldado le atravesó el
costado con una lanza y que del corazón abierto por la herida salió sangre y agua.

En la literatura romántica, religiosa o no, el corazón ha sido siempre un símbolo de nuestra dimensión afectiva.
En el lenguaje bíblico, el corazón es considerado de manera más profunda todavía. Usamos esa palabra para
referirnos a nuestro centro vital, el “lugar” donde anidan nuestras convicciones y valores más hondos. En ese
sentido, hablar del “Corazón de Jesús” es referirnos al mismo Jesús, en su inmensa capacidad de amar y de
mostrarnos con absoluta claridad la “profundidad del amor que Dios nos tiene”. Si la imagen del corazón físico de Jesús no es de nuestra particular devoción, podemos ir a la realidad que ese corazón representa.

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús enseñando en parábolas. Comparaciones sencillas
tomadas de la vida ordinaria y que apuntan a los valores más importantes del Reino de Dios. Las realidades más simples y aparentemente insignificantes se convierten en invitaciones a entrar en el “lenguaje” de Dios: la crítica a nuestra impaciencia visceral por lo “lentas” que son las cosas de Dios, la atención a la pequeña semilla de mostaza que crece hasta convertirse en un arbusto suficientemente grande para que aniden en él los
pájaros.

La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda que Jesús es, Él mismo, la parábola más poderosa que Dios nos ha entregado. En su corazón abierto, encendido de amor por nosotros, nos dice Dios cuánto nos quiere y apuesta por nosotros.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.