se cain de sueñoNos dice San Lucas que Pedro y sus dos compañeros más cercanos, Santiago y Juan, “se caían de sueño” durante el episodio de la Transfiguración. Quisiera fijarme en ese aspecto del misterio propuesto por la Iglesia para nuestra contemplación en este segundo domingo de Cuaresma.

No queda claro en el relato de Lucas el por qué de esta somnolencia de los discípulos. Se menciona primero que Jesús había subido al monte a orar. Después se dice que mientras oraba cambió el aspecto de su ropa y de sus vestidos. Podemos entender el sueño por el primer dato: se durmieron mientras Jesús rezaba. Más difícil entender que se durmieran ante este dramático cambio en el aspecto de Jesús. A continuación Lucas nos presenta a dos personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, que también aparecen con aspecto glorioso. Tampoco se entiende que se
duerman en medio de tanto esplendor.

Quizás sea más iluminador el comentario de Lucas sobre la conversación que sostienen Moisés y Elías con el transfigurado Jesús. “Hablaban de su muerte que iba a consumar en Jerusalén”. Ahí es que Lucas introduce el comentario sobre el sueño de los discípulos. ¿Tendrá que ver el sueño con el tema de la conversación? Es eminentemente comprensible que los discípulos no hayan tenido mucho deseo de sintonizar con este anuncio de la Pasión. Cualquiera desconecta, y el sueño es una estrategia tan buena como cualquier otra para no enfrentar la realidad.

Desaparecido el tema, quedan Jesús y sus dos “visitantes” cubiertos con una nube, nube que también arropa a los discípulos. La reacción ahora no es de sueño, sino de miedo.

La voz desde la nube sí la escuchan con claridad los discípulos: “Este es mi Hijo, el escogido; escúchenlo”. Esta es la única respuesta correcta al misterio. Ni el adormecimiento que anestesia y protege de la dureza del conflicto, ni la evasión de la realidad en un intimismo de gloria sin pasión (¡Qué hermoso es estar aquí!).

Cuando desaparezca el brillo de la transfiguración, cuando nos encontremos con Jesús solo, sin nube y sin testigos gloriosos, estaremos enfrentados con el misterio y la exigencia del seguimiento. “Escúchenlo”.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.