la higuera

La parábola de la higuera estéril nos sale al encuentro en este tercer domingo de Cuaresma. Entendemos la Cuaresma no solamente como un tiempo de penitencia y conversión sino, sobre todo, como un "manual" para peregrinos, un curso de entrenamiento espiritual para el seguimiento de Jesús.

Si esta intuición es válida, el objetivo de la Cuaresma no se agota en llevarnos a hacer una buena confesión después de un examen de conciencia y de un arrepentimiento sincero por los pecados. Se nos pide más. Deseamos adiestrar nuestro corazón en las actitudes espirituales propias de personas guiadas por el Espíritu de Dios. Es a la luz de ese objetivo que nos acercamos a la parábola de Jesús.

La parábola está precedida de un comentario de Jesús sobre la justicia divina y sobre la actitud religiosa tan común de relacionar desgracias y accidentes con castigos de Dios. No eran más culpables de pecado los galileos asesinados por Pilato o los dieciocho que murieron en el derrumbe de la torre de Siloé. En la visión religiosa del pueblo de Israel, enfermedades, accidentes o acontecimientos trágicos eran considerados como castigo de Dios por algún pecado personal o colectivo.

Además de corregir esa visión mecánica y superficial de los "castigos" de Dios, Jesús plantea la parábola de la higuera como propuesta de cómo responder a la bondad y acercamiento misericordioso de Dios.

Una mirada tremendista a la realidad del pecado nos llevaría a la respuesta de "reacción rápida" como agentes autonombrados de la justicia divina: como si fuéramos nosotros los dueños de la viña y de la higuera, proponemos soluciones radicales. "Llevo tres años buscando fruto y no lo encuentro. Corten la higuera para que no ocupe terreno de balde".

Jesús pone a Dios como el viñador paciente y misericordioso: "Déjala todavía este año. Yo cavaré alrededor, la abonaré a ver si da fruto". La actitud de Dios no tiene nada de permisividad ni de indolencia. Es una invitación a trabajar nuestro terreno, a sanar y limpiar, a podar para dar más fruto. Ni impaciencia justiciera ni parálisis cómplice. La paciencia de Dios va acompañada de mucho esfuerzo. Dios mismo va a trabajar nuestra esterilidad. Se nos pide cooperar con esa acción del Señor. Se nos pide también superar nuestras visiones superficiales e injustas de la justicia divina.

 

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.