el hijo prodigo interior

Muchos comentarios de esta parábola —la reina de las parábolas de Jesús, en mi no cualificado criterio— presentan al hijo menor como ejemplo de conversión y arrepentimiento. Hay canciones, muy bonitas por cierto, que nos invitan a imitar su ejemplo: “Sí, me levantaré, volveré donde mi Padre”.

Tengo que confesar humildemente que el hijo menor se me ha atravesado en la garganta. En lenguaje más contemporáneo, “no lo ruedo”. Probablemente se me hubiera hecho más simpática su figura si en vez de decir en la pocilga “aquí estoy muriéndome de hambre mientras los trabajadores de mi padre tienen pan en abundancia”, hubiera dicho, “Mi pobre viejo, ¡cuánto lo he hecho sufrir!” Más que una conversión del corazón, parece que son otras vísceras las afectadas por el arrepentimiento.

Por eso, quisiera dirigir mi atención en esta reflexión al otro hermano. El hermano mayor, al terminar la parábola, está fuera de la casa y del banquete. Si el banquete es imagen de la salvación y reconciliación con Dios, este hermano queda excluido. No lo excluye el padre. Es él quien se niega a entrar. No quiere tener nada que ver con ese sujeto (“ese hijo tuyo”, le dirá arrogantemente a su padre). No voy a entrar a sentarme a la mesa con el que ha pecado tan groseramente.

Parecería que el problema está en “entrar”. El hermano mayor solamente tiene que acceder a la petición del padre. Pero para poder “entrar”, él tiene primero que “salir”. Tiene que salir de sus propios esquemas, de su cuidadosa contabilidad: “Todos estos años te he servido sin desobedecer nunca una orden tuya”, “a mí nunca me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos”.

El hermano mayor tiene que imitar al Padre. El Padre se pasa la parábola “saliendo”. Sale todas las tardes a esperar al hijo que se fue y que todos creen muerto. Sale también a invitar al hermano mayor, porque la fiesta no está completa mientras falten hermanos. No puede gozar el Padre mientras estén ausentes los hijos, los buenos y los malos. Solamente cuando el hermano mayor “salga” de su propio amor, querer e interés, podrá re-encontrarse con el Padre. Él, que nunca se fue de la casa paterna, nunca estuvo en ella como hijo. Ahora tiene que salir a encontrar a su hermano si quiere estar en la casa y en la fiesta.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.