ultima cena de jesus

La Última Cena de Jesús con sus discípulos no es solamente el portal de entrada a la Pasión. Es una importante clave de lectura que ofrecen los evangelistas para ayudarnos  a vivir mejor —más que comprender— el misterio de la cruz de Jesús.

Inminente ya el desenlace del drama que la oposición
religiosa ha tejido a su alrededor y en su contra, Jesús
nos entrega el gesto, profundamente simbólico y real, de
la Eucaristía. La lectura de la Pasión del Señor en este
Domingo de Ramos comienza con el relato de Lucas de
la cena pascual de Jesús.

Los gestos religiosos están permanentemente amenazados de vaciarse de sentido. La rutina, el formalismo, la falta de conexión íntima con la vida pueden dejarnos con rituales estériles. Ojo, estéril no significa necesariamente que sean ritos desprovistos de belleza estética. Ese elemento puede estar presente en ausencia de una significación honda que vaya más allá de la gratificación de los sentidos. 


Las palabras pronunciadas por Jesús sobre el pan compartido y sobre la copa que pasa de mano en mano
hacen referencia a su propio cuerpo y sangre. El pan, roto y repartido, es el cuerpo de Jesús entregado en amor y sacrificio. La copa de la que todos beben contiene el vino, sacramento de la sangre derramada por todos. 


Para poder decir esas palabras con sentido, Jesús tuvo que comenzar el gesto eucarístico mucho antes que la noche de la Última Cena. Hacía mucho rato que Jesús venía entregando su cuerpo, es decir, su presencia, su atención, su tiempo, sus manos y su corazón en el encuentro solidario con el hambre y la necesidad de su pueblo. Para un pueblo extenuado y sin horizontes, la palabra y la persona misma de Jesús se convierten
en pan y alimento de la esperanza y de la vida.

La primera Eucaristía estuvo respaldada por la vida solidaria, rota y entregada de Jesús a su gente. El gesto de la Última Cena recoge toda esa vida, la expresa y la celebra, anticipando la definitiva entrega del Calvario.
Si queremos darle vida a nuestras Eucaristías, tenemos que ponerle mucha más “pasión” a nuestra vida. No solamente más sufrimiento, sino más amor entregado. No será la cantidad de incienso ni el despliegue de velas y ropaje lo que garantizará la calidad espiritual de nuestras celebraciones.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.