Jesus rebaño

La Iglesia dedica este domingo, conocido como el domingo del “Buen Pastor” —por la lectura del Evangelio— a una oración especial por las vocaciones. Bueno, para ser más exacto, a una oración por las vocaciones sacerdotales. Se pide por un aumento en el número y la calidad de las personas llamadas a servir en la Iglesia como sacerdotes.

En algunos lugares donde me ha tocado vivir, la jornada de oración tenía horizontes más amplios. Era verdaderamente una oración por todas las vocaciones, es decir, por todas las maneras de vivir la única vocación cristiana (matrimonio, vida religiosa, sacerdocio, consagración laical, etc.).

Orientada de esa manera, creo que no se pierde para nada la eficacia de la oración por las vocaciones sacerdotales. Al contrario, la vocación sacerdotal quedaría más claramente definida en su relación con todo el conjunto de la Iglesia.

Pero si nos atenemos a la petición específica de las vocaciones al sacerdocio, convendría mirar con detenimiento a la descripción que hace Jesús del Buen Pastor. Después de todo, es saludable recordar que Jesús es el sacerdote por excelencia. Todos los que somos sacerdotes en la Iglesia participamos del único sacerdocio de Jesús. Es más saludable todavía recordar que ese sacerdocio ministerial de los “curas” está al servicio del sacerdocio que todos los cristianos recibimos en virtud de nuestro bautismo. Por eso decía al principio que la oración por las vocaciones debe incluir la oración para que cada persona bautizada descubra su llamada (eso es lo que significa la palabra “vocación”).

Recomiendo para esta semana una lectura reposada del capítulo 10 del evangelio de San Juan, especialmente los versículos 1 al 18. De entre todos los elementos que resalta Jesús de su propia persona como Buen Pastor, quisiera destacar el que encabeza esta “mesa”. Jesús nos conoce, nos llama por nuestro nombre. No confunde a una oveja con otra. Por eso, dice Jesús, sus ovejas reconocen su voz y lo siguen. La voz de Jesús transmite todo el calor y toda la historia compartida de su seguimiento a nuestros procesos. Me queda como deseo y petición ferviente —para mí y para mis colegas en el sacerdocio ministerial— el conocer más profundamente a las personas que han sido encomendadas por la Iglesia a mi servicio sacerdotal.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.